Kara Ema:
El viernes salí del hotel a las 10:30. Era mi última jornada completa en Cebú.
Como casi todos los días, había mucho sol y hacía mucho calor, así que varios de los transeúntes —incluyéndome— iban con paraguas para protegerse de la radiación solar.

El plan para este día era bastante relajado comparado con las jornadas anteriores. La idea era ir al centro a recorrer algunas partes que me habían quedado ver, y luego a la noche salir a comer afuera a algún sitio interesante no muy lejos del hotel.
Básicamente lo único que me quedaba ver del centro era la catedral.
La Catedral Metropolitana de Cebú (en cebuano: Metropolitanong Katedral sa Sugbo) cuyo título completo original es el de Catedral metropolitana y parroquia de san Vital y los Ángeles Custodios (consagrada a los santos ángeles custodios y dedicada al santo), es la sede eclesiástica de la arquidiócesis de Cebú, Cebú, Filipinas.
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Había un cartel que decía que dependiendo de la hora en que fueras te podías encontrar con una misa celebrada en inglés o en cebuano, los dos idiomas hablados en la provincia de Cebú.
A las 11:00 pasadas llegué al extremo este de la calle Colón, y empecé a caminarla hacia el oeste.
La Calle Colón (en tagalo: Kalye Colon, en cebuano: Dalang Colón) es una calle concurrida en el centro de la ciudad de Cebú, que a menudo es referida como la más antigua y la carretera nacional más corta en las Filipinas. Lleva el nombre de Cristóbal Colón. Sus orígenes se remontan al plan de la ciudad de Miguel López de Legazpi, conquistador español que llegó a las Filipinas para establecer una colonia en 1565.
Colón, algo deteriorada ahora, fue el lugar de varias tiendas de moda, oficinas y las salas de cine. Una vez fue el corazón del centro comercial y de negocios de actividad de la ciudad de Cebú, pero en los últimos años (específicamente durante la década de 1990), gran parte de esta actividad se ha desplazado hacia el interior más moderno, en los distritos comerciales y de negocios más grandes repartidos en la actualidad en casi todas las áreas urbanas de la ciudad en lo que solía ser considerado asentamientos residenciales y de ocio.
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En un momento pasé por lo que parecía ser una tienda de departamentos, así que entré a curiosear lo que tenían.


He visto muchas jugueterías en distintos países que separan los juguetes estereotípicamente de niños de los de niñas, pero esta es la primera vez que veo un cartel señalando dichas separaciones.
Personalmente no soy muy fanático de separar los juguetes de esta manera porque al hacer eso es como que la sociedad predispone al niño sobre qué es lo que le tiene que gustar según el sexo que tenga. Los niños varones no prefieren el color azul y los autitos —y las niñas el rosa y las muñecas— porque hayan nacido con esa preferencia, sino porque la sociedad los condicionó así.

De ahí me fui a un centro comercial también sobre la calle Colón, llamado Super Metro.


Al lado de este centro comercial había un Starbucks, donde entré y me compré un Rock Salted Caramel Oatmilk Frappuccino, un Triple Cheese Ensaymada, y un Sticky Cinnamon Bun.

Cerca de las 13:00 me fui del Starbucks y entré a otro centro comercial más llamado Metro, ubicado en la intersección entre la calle Colón y el bulevar Osmeña.




Cuando terminé de recorrer todos los pisos, salí y tomé el bulevar Osmeña para ya volver al hotel.
Cerca de la puerta del City Soho Mall (el centro comercial donde se encuentra mi hotel), vi que había una niña pequeña sola. Estaba tirada en el piso, boca abajo, con todas sus extremidades extendidas—seguramente porque el piso estaría fresco y hacía mucho calor. Cuando pasé por al lado ella levantó la cabeza e intercambiamos una mirada, pero yo seguí caminando rápido hacia el mall.
Antes de subir al hotel pasé por el supermercado en el B1F. Compré un paquete de galletas y dos botellas de agua.
No podía parar de pensar en aquella niña, así que volví a salir a la calle y la busqué. Por supuesto seguía allí. Intenté hacerle unas preguntas pero no parecía entender mucho inglés. Me pedía «food», así que abrí mi mochila, saqué el paquete de galletas y le pregunté si le gustaban. Tras ver que asentía le ofrecí el paquete entero. Me quedé unos segundos más mirándola, deseando poder acompañarla, ayudarla y conversar con ella, pero la barrera del idioma lo hacía imposible. Me agradeció por las galletas con un «thank you» y yo le dije «bye» y me fui.
A las 14:00 llegué a mi habitación.
Ese día la red de wifi de mi hotel estaba teniendo problemas, lo cual era bastante problemático para mí dado que necesitaba del internet para poder escribirte y planificar cosas. Esta es la razón por la que había ido a Starbucks más temprano, pero lamentablemente no tenían wifi en ese local, lo cual me sorprendió dado que uno siempre espera contar con wifi en un Starbucks.
Pregunté en la recepción si sabían de algún sitio cerca de allí que tuviese wifi, y me dijeron que justo afuera del hotel había un Bo’s Coffee que tenía. Así que a las 15:30 me fui para allá.

Un par de horas más tarde volví a subir a mi habitación, y a las 20:15 volví a salir a la calle.
Mi objetivo era ir a probar por primera vez Jollibee, la cadena filipina de comida rápida más popular.
Jollibee es una franquicia multinacional de restaurantes de comida rápida con sede en Filipinas. Considerada la mayor cadena del sector en su país, con más de 1300 restaurantes en setenta países, su carta consta de platos adaptados al cliente filipino como hamburguesas, pollo frito, espaguetis y fideos. La empresa pertenece a la matriz Jollibee Foods Corporation (JFC) que también gestiona las cadenas Chowking (cocina china), Greenwich (cocina italiana), Red Ribbon (bollería) y Mang Inasal (barbacoa), así como la franquicia de Burger King en Filipinas.
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Vi que había un Jollibee abierto las 24 horas a diez minutos de mi hotel, yendo todo derecho por la avenida General Maxilom, así que empecé a caminar hacia allí.
Si lo recuerdas, esta es la avenida donde me había cruzado con la prostituta y con las niñas pobres el otro día, más o menos a la misma hora que había salido esta vez. Así que inevitablemente me volví a cruzar con una niña que me cobró el lolipeaje de 100 pesos. Una vez más insistí que no quería las toallas que vendía; solo que ella tuviera algo para comprarse para comer y sobrevivir.
A las 20:30 llegué a Jollibee.

Me pedí un Spicy Chicken Sandwich Supreme, que era básicamente una hamburguesa de pollo con salsa picante.

Cuando estaba volviendo al hotel, en la rotonda gigante que está a dos cuadras tomé la salida equivocada y terminé llegando a una especie de festival al lado de la calle, donde había música en vivo, mesas y lugares para pedir comida.


A las 21:30 llegué al hotel.
Ame,
Kato
Uhh hubieses ido a comer a ese último lugar del festival! Seguro la ibas a pasar bien!
Jolibee, un Mc Donalds Filipino