Kara Ema:
El lunes no hice nada interesante. Estudié y planifiqué cosas. Me pasé el día entero en el hotel.
El martes salí del hotel a las 12:00. La misión de esta jornada era terminar de ver los últimos sitios que me quedaban del centro de Helsinki.
A las 12:20 llegué a Helsingin tuomiokirkko (Catedral de Helsinki).

La Catedral luterana de Helsinki (en finés: Helsingin tuomiokirkko, en sueco: Helsingfors domkyrka) es una catedral de culto evangélico localizada en la plaza del Senado, en el centro de la capital de Finlandia. La iglesia fue construida originalmente entre 1830 hasta 1852 como homenaje al gran duque de Finlandia Nicolás I, zar de Rusia; por lo que hasta la independencia de Finlandia en 1917 se llamó «iglesia de San Nicolás». El edificio es uno de los distintivos del paisaje de Helsinki.
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Frente a la catedral estaba la Kansalliskirjasto (Biblioteca Nacional de Finlandia).

La Biblioteca Nacional de Finlandia, (en finlandés Kansalliskirjasto, en sueco, Nationalbibliotek), es la más importante biblioteca de investigación en la República de Finlandia, siendo parte desde una perspectiva administrativa de la Universidad de Helsinki […]. Diversos edificios alojan la Biblioteca, siendo el más antiguo del complejo, el diseñado por Carl Ludvig Engel en 1844. Una ampliación, la llamada Rotonda, fue erigida en 1903. La mayor parte de la colección se cobija en un gigantesco sótano, Kirjaluola, que significa en finés, cueva de los libros, un búnker subterráneo de más de 57.000 metros cúbicos, excavado en la roca viva, a 18 metros bajo el edificio de la biblioteca.
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A las 13:00 tenía clase con lo cual mi idea original era quedarme en esta biblioteca con el ordenador mientras hacía la clase, pero cuando descubrí que no tenían wifi público decidí pasarme a Oodi. La clase duró una hora y media, tras lo cual continué con mi paseo.
Al lado de Oodi estaba la Estación Central de Helsinki, con Lyhdynkantajat en la fachada principal.

Lyhdynkantajat (en finés, «los portadores de linternas») es un grupo escultórico situado en la entrada principal de la Estación Central de Helsinki, Finlandia. Las esculturas fueron diseñadas por Emil Wikström y terminadas en 1914. Lyhdynkantajat forma parte de la fachada de la estación modernista diseñada por Eliel Saarinen.
Las esculturas consisten en cuatro figuras masculinas de granito que llevan lámparas esféricas en las manos. Las figuras, de mandíbula cuadrada, tienen pechos musculosos, pero la parte inferior de sus cuerpos está formada por columnas decoradas de forma típica de Saarinen. […]
Las esculturas Lyhdynkantajat combinan el romántico estilo Art Nouveau de granito nacionalista con el arte antiguo. […] Las esculturas se han comparado con enormes esculturas de piedra encontradas en el arte escultórico egipcio y asirio. […]
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La plaza del Ferrocarril (en finés: Rautatientori; en sueco: Järnvägstorget) es una plaza abierta en el centro de Helsinki, inmediatamente al este de la estación de tren central de Helsinki en Finlandia. La plaza sirve principalmente como estación de bus secundaria de Helsinki (la principal esta en el Centro Kamppi).
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A las 16:00 pasé por otra Moomin Shop. Es que en la primera que había ido me habían dicho que si iba a la otra tienda y compraba algo allí también (lo que sea, sin importar el precio) me regalarían algo. Así que eso hice. Compré un pequeño llavero de 4€ para regalar a Yume, mi amiga japonesa de 9 años. Con esa compra me regalaron otro llavero más grande, el cual colgué de mi mochila.

De ahí me fui a Lidl a comprarme algo para comer. Me compré dos panes con relleno y un pasha (~3€). Al igual que en la tienda de Mumin, pagué con efectivo. A partir de ahora estoy intentando recordar siempre usar efectivo dado que ya no me queda mucho más tiempo en Europa y quiero deshacerme de los billetes de euro que tengo antes de irme. Es tan práctico usar la tarjeta todo el tiempo —encima a veces te permite no tener que hablar con nadie gracias a las máquinas de autocobro— que es fácil olvidarme del dinero físico que llevo en la billetera.
Volví a la Rautatientori y me senté allí a tomar mi tentempié.

A las 17:45 regresé al hotel, justo para mi segunda y última clase del día, la cual arrancaba a las 18:00.
La verdad que la carga horaria de la universidad es bastante tranquila: nunca tengo clases los fines de semana, y en la semana hay días en que tengo una sola clase, otros en que tengo dos, y otros en que no tengo ninguna. Además, la duración de cada clase está fijada a una hora y media y las profesoras nunca se extienden mucho más que eso.
Dado que ya había logrado ponerme al día con la universidad el día anterior, la noche del martes la tenía bastante libre. No estaba de humor para ver películas dado que me había pasado la mitad del domingo viendo cosas, así que decidí que era momento de arrancar un nuevo libro, del célebre escritor hispano Gabriel García Márquez.
Hacía probablemente una década que no leía un libro en español. Era un libro corto, de tan solo unas cien páginas, con lo cual me autopropuse el desafío de empezarlo y terminarlo el mismo día (o la misma noche), y lo conseguí. Lo leí de tapa a contratapa en unas tres horas, solo parando un rato en el medio para prepararme unos fideos instantáneos para cenar.
El título del libro es Memoria de mis putas tristes, y fue publicado en 2004. Trata de un hombre que cumple noventa años y decide regalarse una noche con una virgen adolescente. Pero en vez de tener sexo, solo duerme junto a la niña. Vuelve a hacer lo mismo un par de veces más hasta que acaba enamorándose. La presencia de la niña lo rejuvenece y lo hace sentir vivo.
Hoy sé que no fue una alucinación, sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años.
Gabriel García Márquez
Me gusta mucho esta reseña que encontré del libro, originalmente escrita en inglés:
El narrador anónimo, autodefinido como «feo, tímido y anacrónico», vive en una ruinosa pero hermosa casa aristocrática de una ciudad indeterminada de la costa caribeña. La soledad de la vejez y la soltería de toda la vida dominan su existencia: vive solo, subsistiendo de los recuerdos de su santa madre y de las escasas pensiones que le proporcionan sus carreras de periodismo y docencia. […] Su único logro antes de que lo conozcamos en su nonagésimo cumpleaños, admite, ha sido su prodigiosa carrera sexual. Nunca me he acostado con una mujer sin pagarle», presume […]. Su meticuloso registro de nombres y otros «detalles» se convertiría, literalmente, en las Memorias de mis putas tristes. Sin embargo, sólo recibimos una versión incompleta, ya que estos antiguos encuentros se ven eclipsados por los acontecimientos de su nonagésimo cumpleaños. Reflexiona que el 29 de agosto representaba «el comienzo de una nueva vida a una edad en la que la mayoría de los mortales están muertos».
Para cumplir su fantasía [de acostarse con una virgen adolescente], el narrador recurre a la ayuda de Rosa Cabarcas […], a quien le preocupa más la posibilidad de encontrar una virgen en tan poco tiempo que la edad del anónimo protagonista. «No me importa cambiar pañales», comenta secamente al enterarse de que la única chica dispuesta tiene 14 años. Rosa acaba drogando a la chica para aliviar sus temores, dejando a la virgen desmayada e inconsciente de su inminente desfloramiento.
Al borde de la pornografía, García Márquez nos devuelve a lo benignamente erótico: en lugar de acostarse con la niña inconsciente, el narrador la observa atentamente, sobrecogido por su inocencia y su belleza. Noche tras noche vuelve al burdel de Rosa Cabarcas para tumbarse junto a la niña, a la que bautiza como Delgadina. Aunque ya no está drogada, Delgadina duerme —o finge dormir— en cada encuentro, interactuando con el narrador sólo a través del lenguaje corporal y de alguna nota ocasional dejada en el espejo del baño con lápiz de labios. Poco a poco, el anciano fabrica una «identidad» para la chica silenciosa, con sus gustos, aspiraciones y responsabilidades personales, y posteriormente se enamora de ella por primera vez. Sin embargo, el protagonista no es simplemente un Pigmalión enamorado de la «perfección» de una forma inanimada. Se alimenta de esta perfección percibida (léase: su forma juvenil así como el «contenido» inventado de su vida) y él mismo rejuvenece; las meras posibilidades de su relación con Delgadina le impulsan, no sólo sus atributos estéticos. El suyo es un amor abstracto pero satisfactorio, que le emancipa de la «servidumbre que le mantenía subyugado desde los trece años»; en otras palabras, le libera del propio sexo.
[…] Hasta aquí, quienes conozcan la fuente del epígrafe del libro —el relato corto «La casa de las bellas durmientes», del Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata— verán rápidamente muchos paralelismos. En «La casa de las bellas durmientes», el protagonista, Eguchi, frecuenta un burdel surrealista donde los ancianos pagan por dormir junto a jóvenes vírgenes drogadas. A medida que Eguchi aprende a experimentar Eros sin contacto físico, rememora conquistas pasadas y anhela volver a la cima de su destreza sexual. El amor descubierto bajo las sábanas junto a una doncella dormida es una maldición: la imposibilidad de liberación frustra al caballero japonés hasta la angustia. El narrador de Memoria de mis putas tristes se aproxima a Eguchi en un sentido biográfico; obviamente García Márquez se basó en gran medida en su aprecio por Kawabata durante su proceso de escritura. Sin embargo, el narrador latinoamericano encuentra nueva vida en lugar de tristeza en su amor por Delgadina. Su abstinencia no se debe a una incapacidad física, sino a una satisfacción psicológica; el sexo se ha convertido en algo marginal, simplemente «el consuelo que uno tiene cuando el amor no le alcanza».
[…] El libro se cierra, en marcado contraste con el relato corto de Kawabata, con el protagonista mirando al futuro con anticipación, resignado a una muerte feliz bien entrada la centena. Al final, no nos queda más remedio que identificarnos con el narrador y renunciar a cualquier reserva sobre formas anormales de amor o sexualidad que hubiéramos estado albergando a lo largo del libro. La innegable universalidad de la vejez —fomentada en la novela por el anonimato del protagonista— no puede sino conmover a cualquier lector, independientemente de su edad. Y resulta peligrosamente difícil evitar especular con la posibilidad de que el autor no haya volcado un poco de sí mismo en su anciano personaje; aunque se trate de una confusión presuntuosa, las perspectivas del narrador sobre la vejez resultan más conmovedoras con la voz de García Márquez, de 76 años, resonando tras la palabra escrita. Sin embargo, Memoria no es un relato sobre el envejecimiento, sino sobre el rejuvenecimiento y el primer amor, incluso en las circunstancias más extrañas.
The Oxonian Review
La edad no es la uno tiene sino la que uno siente.
Gabriel García Márquez
Ame,
Kato
Record!