Kara Ema:
El jueves tuve mi último día en el jardín.
Hoy especialmente hubo mucho ensayo de las obras dado que la presentación con los padres ya es la semana que viene. También jugamos un rato en el patio, y en el aula volvieron a hacer la versión japonesa de Simón Dice.
En un momento mientras estábamos en el patio vi a un hombre que tenía aspecto de jardinero con la ropa que llevaba y con el hecho de que estaba pasando una escoba por el jardín. Me resultó curioso ver eso, considerando que esta persona no solo no era un jardinero sino que se trataba del dueño del jardín, de la guardería y mismo de la cabaña en la montaña a donde habíamos ido de excursión la otra vuelta con los peques. En otras palabras, era alguien con mucho dinero haciendo un trabajo tan trivial como limpiar el jardín.

El otro día también lo había visto pasar por una calle cerca del jardín, andando en bicicleta. Me caen bien las personas que tienen dinero y aun así se visten con ropa de persona normal y hacen cosas de persona normal como andar en bici o limpiar el jardín. Yo haría exactamente lo mismo que ellos. (Bueno no, si fuese el dueño de un jardín me la pasaría visitando a los niños en las aulas y jugando con ellos en el patio. El trabajo de jardinería se lo delegaría a otro.)
Antes de ir al escenario a ver a los del otro curso (Momo) hacer su ensayo, Chiyo-sensei dio indicaciones de cómo ser un buen espectador. Por ejemplo, les pidió a los niños que no se sentaran con las piernas cruzadas ni extendidas, sino que adoptaran la postura tradicional japonesa de sentarse de rodillas sobre los talones (seiza). También dijo que si los que estaban ensayando cometían algún error, que por favor no se rieran ya que estaban dando lo mejor de sí.
Mientras los de Momo ensayaban, había dos grupos sentados frente al escenario observándolos: los de Midori y otros niños más pequeños que no sé de qué curso eran, pero parecían tener 2 o 3 años.
Del grupo de los más pequeños, la niña que estaba sentada más cerca de mí no pude evitar notar como se metía las manos en los pantalones, tanto en la parte de adelante como la de atrás.

Cuando este curso se fue del salón, noté que la niña seguía con las manos atrás y adentro del pantalón. Una sensei estaba caminando justo detrás de ella, con lo cual no había forma de que no lo hubiese notado; sin embargo no le dijo nada. En Vietnam mientras tanto no solo le dirían algo sino que probablemente le quitarían la mano de una fuerte sacudida y le darían también una paliza en el brazo o algún otro lugar del cuerpo, como para reforzar el hecho de que lo que estaba haciendo «está mal».
A las 12:00 almorzamos algo especial: arroz con curry. Los padres habían sido notificados en el calendario que hoy los peques tenían que venir con una cuchara y no con palillos.

Al final la sensei me dio unos minutos para hablar con los niños y despedirme. También para darles el regalo que había estado preparando toda la semana: un origami de corazón.

La parte de atrás básicamente decía «Gracias por jugar conmigo».
Les di a elegir el color de corazón que querían, y noté que varios de los niños varones eligieron el rosa, lo cual me resultó curioso aunque no sorprendente, dado que ya sabía que en Japón el rosa no es exclusivo de mujeres como sucede en el Occidente.
Algunos de los niños me dieron choques de manos, otros abrazos. Algunos me preguntaban si iba a volver y me decían que querían volver a verme. Quedé con Chiyo-sensei que volvería a pasar un rato el viernes para saludar y sobre todo porque había cuatro niños que habían faltado y que aún no habían recibido su corazón, incluyendo a Mika-chan.
A las 14:00 me fui del jardín y volví a la casa.
Lena me contó que en la guardería le habían pedido hoy que estuviese con los de un año. Le pregunté qué tal le había parecido y me dijo que bien, que eran tiernos salvo por el hecho de que estaban todo el tiempo chorreando mocos de la nariz. Yo los quiero igual a los de un año, por más mocosos que sean. No me da asco para nada que un niño tenga mocos dado que es algo natural del cuerpo. De hecho estaba pensando justamente pedir que me asignaran a esta clase para mi último día en la guardería mañana.
A las 15:00 salí de la casa y fui a un lugar (雙ヶ岡; Monte Narabigaoka) que quedaba a solo diez minutos a pie y era como un especie de minibosque en una minimontaña, con rutas de senderismo y miradores. Me encanta que haya cosas como esta en plena ciudad en Japón. Si estuviese en Buenos Aires y me diesen ganas de ir a hacer senderismo por un bosque me tendría que ir fuera de la ciudad, quién sabe exactamente a dónde…





A la noche me volví a preparar una cena fácil gracias a los productos convenientes japoneses. La misma consistió en arroz y butter chicken curry (pollo al curry con mantequilla). Sí, lo sé, muy similar a lo que había comido en el almuerzo pero bueno, se dio así.
El arroz lo hice fácilmente con la arrocera, y el curry —comprado en Muji— venía en una bolsa la cual solo había que calentar por unos minutos.

El viernes tuve mi último día en el hoikuen. Pedí con los mocosos —y supertiernos— de un año.
Cuando salimos al patio jugamos al shippotori (juego de intentar quitarle el rabo al otro, e intentar que nadie te quite tu propio rabo).

Como estos peques son demasiado peques, necesitan más ayuda que los más grandes. Así mismo he visto que las sensei intentan mismo con ellos que en la medida de lo posible hagan las cosas por su cuenta, por ejemplo vestirse.
Durante el almuerzo las sensei no comen sino que están atentas a como comen los niños, ayudándoles cuando haga falta pero por lo general incitándoles a comer por su cuenta. También he notado que no les dan palillos a estos peques sino tenedor y cuchara.
A las 12:00 las sensei me dijeron que podía salir del aula para ir a almorzar a la oficina. Terminé de comer a las 12:20. Técnicamente faltaban diez minutos para terminar mi horario y arrancar mi tiempo de descanso, pero como ya había dicho adiós a las sensei y ya había cogido mi abrigo, mi idea era ya irme a la casa en ese momento. Le pregunté a la coordinadora de las maestras si me podía ir diez minutos más temprano y me pidió que volviese al aula (!).
Cuando volví al aula las maestras se sorprendieron de verme de vuelta, así que les expliqué que la coordinadora me había enviado. La mayoría de los niños ya estaban dormidos—era la hora de la siesta. Una de las sensei me dio una tarea para hacer: mojar los trapos de los niños con un poco de agua. Cuando se hicieron las 12:30 volví a saludar y me fui para la casa.
A las 13:15 fui al jardín a despedirme de vuelta de los Gorros Verdes. Esta vez al fin pude ver a Mika-chan, que había faltado toda la semana porque estaba con gripe. Le di su corazón.
Chiyo-sensei me dejó hacer una foto grupal con todos los niños. Luego se hizo la hora de la salida y nos despedimos. Les agradecí a las sensei y les entregué un bloque de chocolate a cada una.
En un momento me crucé con Mika-chan, y me dijo que quería jugar conmigo. Yo le pregunté si no se estaba yendo a su casa y me explicó que no, que ella era de くまっこ (Kumakko), que al parecer es un grupo de niños que se quedan después de clases jugando tanto en los juegos en el interior como en el patio del jardín hasta que sus padres puedan venir a buscarlos. Se trata de un servicio adicional que ofrece el jardín para los padres que no pueden venir a las 14:00 cuando terminan las clases.
Así que me quedé un rato más jugando con Mika-chan y otra loli más de los Gorros Verdes. En un punto mientras jugábamos Mika me dijo algo que me sorprendió. Normalmente ella me llamaría añadiendo el sufijo «sensei» a mi nombre: Kato-sensei. Pero esta vez me llamó con un sufijo diferente: Kato-papa. Me puso muy contento escucharla llamándome papá. No es la primera vez que una loli me llama así.
A las 15:30 volví al hoikuen. Lo lindo de la clase de un año es que, a diferencia de todas las otras que a esta hora siempre me piden pasar la aspiradora, en la de un año no limpian el aula —al menos no a esta hora— sino que es todo tiempo de juego libre. Es decir que desde que llegué a las 15:30 hasta que me fui a las 17:00, me la pasé jugando con los peques de 1-2 años.
Hubo dos momentos en que una de las sensei me llamó la atención. Uno fue porque varios de los niños se me estaban subiendo a mi regazo queriendo jugar conmigo, o queriendo que les leyera un libro, o curiosos por mi reloj o por mis pulseras, etc. Me dijeron que no los subiera a mi regazo, tras lo cual yo me apresuré a aclarar que no era yo quien los subía sino ellos los que se subían solos. A esto básicamente me respondieron que los empujara y los quitara si se volvían a subir. No lo hice y los dejé seguir subiéndose. De todas formas era mi último día.
El segundo llamado de atención fue cuando se me ocurrió pararme y hacer que dos niñas bailaran y saltaran conmigo, tomados los tres de las manos. Las lolis claramente se estaban divirtiendo haciendo eso, ya que no paraban de reírse. Pero una sensei se acercó y me pidió que no lo hiciera, dado que este momento se suponía que era para juego libre para hacer estando sentados, no parados (!).
A las 17:00 me fui del hoikuen y volví a casa.
Hoy llegó una nueva voluntaria: una chica francesa. A las 18:00 salí con ella a dar una vuelta por el barrio. Fuimos a dos tiendas: Book Off y Sundi.


En Book Off nadie compró nada, pero en Sundi sí. Sundi era una especie de supermercado con precios baratos. Lo sé: me había prometido no comprar nada en supermercados esta semana, pero eso fue antes de saber de la existencia de esta cadena nueva para mí que quería probar. Gasté ¥916 (~5€) y me compré cosas como chocolate, galletas y helado.
La chica francesa —que acababa de llegar a Japón por primera vez en su vida y esta era la primera tienda que visitaba— quedó fascinada con lo eficiente que era el procedimiento de caja en un supermercado japonés (le das la canasta al cajero, el cajero pasa los productos por el escáner y los pone en otra canasta, la cual te devuelve y te pide que pases por una máquina donde puedes elegir si pagar con tarjeta o en efectivo, después de pagar vas con la canasta a las mesas y allí mueves todo a tu propia bolsa de compras).
Ame,
Kato