Domingo soleado de paseo por Shibuya y Harajuku

Kara Ema:

El domingo a las 14:00 me subí al tren rumbo a Shibuya.

Domingo soleado en Shibuya = mar de gente.

En este emblemático cruce de Shibuya hay un edificio de Tsutaya Bookstore, una cadena japonesa de librerías. No tenía la intención de entrar, pero cuando pasé por al lado vi que estaban haciendo una exposición de novelas ligeras (light novels o LN) de Kadokawa.

Edificio de Tsutaya por fuera
Light Novel Exhibition 2025 (I)
Light Novel Exhibition 2025 (II)
Light Novel Exhibition 2025 (III)
Light Novel Exhibition 2025 (IV)
Light Novel Exhibition 2025 (V)

El edificio tenía siete plantas, así que tomé el ascensor hasta la última para recorrerlas todas a medida que iba bajando por las escaleras mecánicas.

Las plantas sexta y séptima estaban conectadas con la exposición en el primer piso, dado que también habían artículos en exhibición aquí, junto con artículos en venta. Había una librería y una cafetería.

Chica de animé diseñada por Axgrit
Shigure Ai (VTuber)
Librería en el último piso
Panel en la librería donde la gente escribía y dibujaba cosas

En la quinta planta (5F) había un Pokémon Card Lounge, en espacio grande donde la gente iba a jugar a las cartas Pokémon. En 4F y 3F había un Share Lounge, también un espacio grande (de pago) donde te podías sentar a estudiar o trabajar o leer, y había snacks y bebidas que podías tomar.

Share Lounge

En 2F había un Starbucks. Desde este Starbucks se podía ver bien el cruce de Shibuya, así que había un montón de gente haciendo fotos.

Starbucks
Cruce de Shibuya visto desde el edificio de Tsutaya (Starbucks)

En 1F estaba la exhibición que ya había visto, pero también algo que aún no había visto: una tienda de venta de merchadising.

Tienda de merchandising (I)
Tienda de merchandising (II)

A las 15:30 me fui. Pasé por 宮下公園 (parque Miyashita) y llegué a Cat Street, una calle comercial famosa que une Shibuya con Harajuku.

Parque Miyashita
Cat Street
Avenida Omotesando en Harajuku

Me llamó la atención ver esta hilera de banderas japonesas decorando la avenida. En Vietnam las banderas vietnamitas se ven colgadas por todas partes, pero en Japón es raro verlas.

Lolis con mascarillas leyendo un libro en plena avenida Omotesando

Aproveché que estaba en Harajuku para pasar por la tienda de B-Side Label y comprarme otro sticker de Anya (¥385; ~2€) para pegar en la parte de atrás de mi nuevo teléfono, como tenía en el anterior. Estos stickers me encantan porque son extremadamente resistentes. Por ejemplo, el que tengo pegado en la parte de atrás de mi laptop (de Eevee) lo tengo hace como tres años y sigue estando en el mismo estado que el primer día que lo pegué.

Sticker de Anya en mi nuevo teléfono

Pasé también por Takeshita Street, la otra calle comercial famosa de Harajuku. Los fines de semana esta calle está abarratoda (lo escribí mal pero lo dejo así porque suena divertido) de gente.

Takeshita Street (I)
Takeshita Street (II)

Una cosa clásica para hacer en Harajuku es comer crêpes, dado que está lleno de crêperies. Pero como también estaba lleno de gente, había enormes filas en todas las tiendas de crêpes. Así que abandoné la idea de comprarme un crêpe y me fui caminando hasta Yoyogi para tomarme el tren allí.

A las 17:00 me tomé el tren y a la media hora estaba de vuelta en Edogawa.

Pusé en Google Maps «crepes» para ver si encontraba una tienda de crêpes cerca de mi hotel y por suerte había una del otro lado de la estación llamada Nakagawa Crepes. Así que cuando salí del tren caminé hasta allá y me pedí un crêpe de caramelo y crema (¥600; ~3€). Aquí no había nada de gente y seguro me salió más barato de lo que me habría costado en Harajuku.

Mientras el hombre estaba preparando mi crêpe quise hacer una foto, pero inmediatamente el hombre se dio vuelta y me hizo una seña de cruz con las manos, indicando que las fotografías estaban prohibidas. Sé que los japoneses son muy estrictos con estas cosas (no dejándote tomar fotos en escuelas, teatros, etc.), pero jamás me imaginé que no me dejarían hacer una foto en una tienda de crêpes. Creo que ya exageran un poco.

Crêpe que me compré en Nakagawa Crepes

Cosas como estas me hacen echar de menos lo libre y relajado que era todo en el Sudeste Asiático. Adoro Japón, pero no sé si podría vivir largo plazo en un país donde ni siquiera te dejan tomar fotografías dentro de un negocio de crêpes. Necesito mis libertades y en Japón no las encuentro.

A las 18:00 pasadas llegué al hotel.


Este fin de semana leí un nuevo libro, de un filósofo francés llamado Tony Duvert. Me habría gustado leerlo en francés pero solo pude encontrar una versión en inglés. El título original de la obra es Le bon sexe illustré (El buen sexo ilustrado) y fue publicada originalmente en el año 1974.

Para ponerte en contexto histórico, la década de los setenta en Francia fue una época de alto liberalismo sexual, durante la cual muchos de los más eminentes pensadores franceses argumentaron que las leyes sobre la edad de consentimiento sexual eran injustas y lanzaron una petición al gobierno para que fuesen abolidas:

En 1977 y 1979​ se envió una petición al parlamento francés pidiendo la derogación de varios artículos de la ley sobre la edad de consentimiento sexual y la despenalización de todas las relaciones consentidas entre adultos y menores de quince años (la edad de consentimiento en Francia en ese momento). Unos ochenta intelectuales franceses, incluyendo a Louis Aragon, Michel Foucault, Jean-Paul Sartre, Jacques Derrida, Louis Althusser, Roland Barthes, Simone de Beauvoir, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Michel Leiris, Alain Robbe-Grillet, Philippe Sollers, Jacques Rancière, François Châtelet, Jean-François Lyotard, Francis Ponge, y varios destacados médicos y psicólogos destacados, firmaron la petición.​ […]

Wikipedia

Le bon sexe illustré, si bien toca bastante el tema de sexualidad infantil y cómo el orden social actual la reprime, es una crítica general a todo el paradigma moderno que hace que el ser humano (tanto niño como adulto) tenga una vida sexual tan limitada y distinta de lo que naturalmente debería haber sido.

Una visión mordaz de los manuales sexuales para niños y la hipocresía de la sociedad sobre el exceso de sexo, que defiende los derechos de los niños sobre sus propios cuerpos y su propia sexualidad. […]

[Le bon bexe illustré] descifra con entusiasmo el subtexto de un popular manual de educación sexual para niños elaborado durante ese período. Al hacerlo, Duvert lanza una crítica mordaz y escabrosa sobre la habilidad con la que se aprovechó la ética «sexo positiva» para promover el ideal de la familia nuclear.

[…] Duvert está muy sensibilizado con todas las hipocresías de los movimientos masivos de «liberación sexual» occidentales de finales del siglo XX. […] Duvert escribe desde una creencia apasionada en la integridad del sexo y el placer sin control. Aún más controvertido ahora que cuando se publicó el libro por primera vez, Duvert afirma el derecho del niño a su propia sexualidad lúdica e improductiva. […]

Goodreads

Como siempre suelo hacer, mientras iba leyendo resalté las partes del libro que más me marcaron. Los siguientes son extractos de aquellas partes:

Hablamos de sexo a los niños y adolescentes después de haberles negado todos los derechos sobre la sexualidad. Esta «sexualidad robada» se devuelve al menor en forma de discurso prescriptivo y teórico. El sexo, reinventado por este discurso educativo-científico, desempeñará el mismo papel que la programación en relación con un dispositivo electrónico: dictará a la psique los impulsos y comportamientos que la sociedad explotadora nos exige.

A partir de ese momento, el menor escuchará la voz de la sexología gubernamental, será espectador de la sexualidad ajena, voyeur del erotismo parental. Permanecerá sin sexo, porque la sociedad solo se lo concederá tras quince o veinte años de lavado de cerebro que solo la frustración sistemática puede hacer efectivo.

[…] El adolescente —que es «libre» para tontear un poco (si es un chico atrevido y guapo) y masturbarse por la noche (si su familia no frecuenta demasiado a los curas)— es sometido a un adoctrinamiento diseñado para hacer plausibles las prohibiciones a las que sigue estando sometido, ahora que es dueño de ese célebre organismo «potente» del que la prepubertad le obligó a prescindir. Pero prolongar la frustración es indispensable: crea la lujuria y la ceguera con las que la persona frustrada, una vez alcanzada la mayoría de edad, se lanza a las instituciones sexuales que el Estado le ofrece con los brazos abiertos. Superior después de haber sido esclavo, nuevo guardián de la humanidad femenina, infantil o desviada, podrá convertirse en ese padre, dueño y policía que le prometieron que sería si primero se dejaba aplastar durante veinte años.

[…] Obviamente, si se tratara de informar en lugar de adoctrinar, de liberar en lugar de aprisionar, habríamos recordado que el placer es la mejor manera de hacer comprender la sexualidad a un niño. Es el único punto en común que su cuerpo comparte con el del adolescente, el muy pequeño o el adulto, y también lo que hace que las niñas sean idénticas a los niños. Pero reconocer la capacidad erótica del niño redimiría la reputación del gasto sexual desinhibido, disminuiría la eficacia del condicionamiento, aliviaría el control de la familia sobre el niño, reconocería su autonomía como sujeto deseante y sacudiría dos pilares fundamentales del orden sexual: el deber de procrear y los derechos de propiedad de los padres sobre sus productos.

[…] Lo que quieren, a cualquier precio, es descalificar la sexualidad del niño prepúber. Han descrito la erección como la condición necesaria y satisfactoria para el coito, y sin embargo, por desgracia, el niño también tiene erecciones. La única forma de volver a ponerlo en su sitio es destruir esa erección con casuística.

Consecuentemente, el niño no tendrá realmente una erección, es involuntaria, cualquier cosa puede endurecer su pene, excepto el deseo, lo verdadero, ese notable «deseo por otra persona» que conduce directamente al dormitorio matrimonial. ¿Tiene el niño órganos sexuales? No, solo lo parece, no tiene nada, solo es aire caliente, ni siquiera sabe qué hacer con ello.

El niño se mantiene en tal ignorancia y a tal distancia de sus genitales que puede tener una erección sin soñar con sacar el más mínimo provecho de ello; es lo que queda, como un monumento que sigue en pie en una ciudad arrasada por la guerra. Una vez que se ha creado el vacío en la mente del niño y alrededor de su cuerpo, para él su pene se convierte en un instrumento que no funciona, y con razón.

Pero esta castración «perfecta» dista mucho de ser la norma. […] es falso que las erecciones de muchos niños prepúberes sean involuntarias, incontrolables, incomprensibles, «pasivas». Es falso que no conozcan el deseo, el deseo por una persona o el deseo por el placer. Falso, por último y sobre todo, que el derecho del niño a una vida erótica deba aumentar en relación con su capacidad para hacer el amor exactamente como papá y mamá. Su cuerpo no es igual al de ellos, ni tampoco su pene; su mente no es igual a la de ellos; sus necesidades amorosas son propias. Incapaz de procrear y relativamente incapaz de mantener relaciones sexuales ortodoxas con un adulto según el modelo de la fornicación matrimonial y puritana, está sin embargo preparado para el placer, una criatura (como saben todos los padres y todos los médicos) en la que el deseo se despertó al mismo tiempo que abrió los ojos, que su cuerpo tocó sus primeros objetos y recibió sus primeros placeres. Ya sea de forma deliberada o inconsciente, la represión familiar le obliga a desaprender lo que nadie sin esa represión tendría nunca la necesidad de volver a aprender más tarde.

[…] De repente [el niño] se vuelve indefenso, asexual, sin deseos, impaciente por que le enseñemos nuestra miserable sexualidad después de haber apagado el brillo de la suya, un brillo que no forma parte de ser un «niño», sino que es una característica de todo hombre, antes de que el orden lo derrumbe. Este es el niño derrotado que los médicos nos muestran con satisfacción: carne pasiva y constreñida, lista para fluir en el molde que papá y mamá le han improvisado bajo la atenta mirada del Estado.

La verdad está bien, pero el orden es mejor: la primera genera libertades que el segundo condena. No es difícil imaginar qué lado ganará. Así que les diremos a los niños que no son lo suficientemente maduros físicamente para tener relaciones sexuales; y cuando alcancen la madurez física, les diremos que aún no están preparados psíquicamente. Así es como arrastramos a un burro con una zanahoria hasta los veinte años, y a veces más.

[…] Los médicos están construyendo un modelo oficial del niño de 10 a 13 años, un modelo falsificado, pero que respalda la autoridad del conocimiento científico y que cuenta con la aprobación de los padres. Los niños reales sabrán cómo deben ser sexualmente para ser aceptados. Cada lector, en su rincón, con su extraño exceso de sexualidad en relación con el modelo, pensará que es único, excepcional, vagamente anormal, y reprimirá su deseo. No sabrá que la mayoría de los niños tienen la misma «anomalía» y que el maravilloso niño de los médicos es una víctima o un impostor. Sufrirá por su frustración y sentirá los deseos que la provocan: luchará contra ellos, los ocultará, los admitirá tímidamente para obtener ayuda o los satisfará vergonzosamente. Esa mortificación fue inventada por el cristianismo; la medicina la ha adoptado y el orden continúa.

[…] Última etapa del control libidinal de los niños: cualquier ocasión de placer extrafamiliar (ser seducido por amigos, por imágenes, por escritos, por adultos desconocidos) será denunciada, prohibida, estigmatizada moralmente, impedida por las leyes y, en realidad, casi imposible; será un delito capital, y el niño sabe que no hay excusa ni piedad para ello. Ni sexo fuera, ni sexo dentro.

[…] Teniendo en cuenta el sistema sexual de los niños, es probable que la mayoría de los que muestran su pene, lejos de estar desequilibrados, abandonados o ser desafortunados, lo hagan por una esperanza ingenua, por orgullo y por deseo: mi papá, mi mamá, mi hermano, mi hermana no quieren mi pene, ¿y tú? —eso es todo lo que significa este bonito gesto, y es una prueba de gran salud, porque expresa que esos niños no son lo suficientemente culpables como para abstenerse, ni lo suficientemente edípicos como para conformarse con las caricias muy platónicas al estilo familiar. Pero estos niños escandalizan; y su forma franca e inocente de reconocer que desean desear y ser deseados se calificará de patológica.

Del mismo modo, hasta los siete u ocho años, los niños pequeños expresan espontáneamente, con sensualidad y un erotismo extremo, su simpatía por los demás; y no es que estén pidiendo que cualquier persona los cuide como si fueran sus padres; es que su deseo, de forma inmediata y cruda, se invierte en cada afecto que les inspira una persona mayor, y que secretamente esperan que las fuentes de placer que no se llaman ni mamá ni papá no se opongan a su cuerpo con el rechazo edípico, que, a través de la prohibición del incesto, enseña la prohibición, simple y llanamente.

[…] ¿Qué va a decir papá, ya que cualquier solución positiva a la «indigencia sexual» ha sido prohibida? Por supuesto, dirá lo más positivo del mundo: quédate cerca de nosotros, trabaja y espera. Releamos juntos el libro. Mira al padre, a la madre, al bebé. Algún día todo eso será tuyo. ¿No vale la pena sufrir un poco por ello? Sí, padre, me avergüenzo de mí mismo, pensaré en la Sagrada Familia y no lo volveré a hacer. No quiero arruinar mis posibilidades de ser padre «más adelante». Excelente, hijo mío. Además, cuando tengas 14 años, te dejaré masturbarte, que es el término correcto. Con moderación: dos veces por semana a los 14 años, tres o cuatro veces por semana a los 16, según la revista Parents, 1971. Y uno se pregunta: ¿cómo consiguen los padres en cuestión garantizar estos índices saludables? ¿Hay que hacerlo delante de ellos? ¿Cómo se dan cuenta, espiando en las habitaciones o revisando la ropa sucia, de que su hijo está adquiriendo el hábito de dedicarse de forma inmoderada a prácticas de tal naturaleza, lo que les llevará, según Parents, a notificarlo al médico o al psicólogo, que será el único que sabrá diseñar el tratamiento adecuado?

[…] Todavía quedan, como ya he mencionado, los pobres, los disidentes, los vagabundos… y los jóvenes, porque se puede ser «pedófilo» a los doce, dieciséis o veinte años, igual que se puede serlo a los sesenta. No tienen los medios, la necesidad ni el deseo de confabularse. Habrá una comunicación sencilla con el niño a través del deseo, el deseo recíproco. ¿Existe esto? Sí, y los educadores lo saben. Porque esa pederastia carece del rostro aterrador del poder paterno, con su abrigo negro o sus calzoncillos hechos de piel humana; no es un truco, una forma de abuso, y solo conserva el acuerdo inicial de los patrones del mercado sexual; vive, única y directamente, de lo que los padres condenan, de lo que muchos niños se niegan a sí mismos […]: el placer. Existe en el punto de encuentro de dos rebeliones, dos deseos que suelen ser desviados por el orden familiar que forman las parejas: el deseo del niño por el adulto y el deseo del adulto por el niño.

[…] En lo que respecta a la sexualidad de los menores, todos los países explotadores, ya sean capitalistas o comunistas, socialistas o fascistas, comparten la misma ideología, que implica el sacrificio familiar del niño para satisfacer a quienes ya son explotados. Y en todas partes el cuerpo tiene el mismo estatus, sufre las mismas proscripciones, el mismo adoctrinamiento insípido o policial, ya sea el estilo untuoso de Occidente o el estilo militar de China; y de ahí viene la importancia esencial de cualquier lucha que, liberando la infancia y la adolescencia de las garras del poder adulto, despojando al deseo de cualquier búsqueda de propiedad, control y beneficio, pueda socavar el dominio de las estructuras explotadoras, porque la obediencia, la privatización y la consecución del poder ya no serán las únicas posibilidades impuestas a la existencia del deseo.

Le bon sexe illustré

A pesar de haber sido publicada hace más de medio siglo, mucho de lo que esta obra critica sobre el orden social sigue siendo relevante hoy en día, tristemente.

Ame,
Kato