Sabine Kuegler, la niña de la jungla (Parte 1)

Arranqué a leer un nuevo libro sobre otra niña nacida de padres occidentales que vivió su infancia en una tribu, como Tippi.

La niña se llama Sabine Kuegler y su libro, Dschungelkind (Jungle Child; La niña de la jungla). Fue escrito cuando ella ya era adulta y viviendo en Alemania. Fue originalmente publicado en 2005.

Sus padres trabajaban en Nepal, como lingüistas y misioneros protestantes. En 1978 la familia se trasladó a Indonesia, en la isla de Nueva Guinea para, en 1980, adentrarse en la jungla de Irian Jaya situada en lo más profundo de Papúa Occidental con el propósito de estudiar la lengua y las costumbres de los fayu, una tribu todavía virgen y que nunca había recibido influencia del mundo civilizado.

La infancia y adolescencia de Sabine transcurrió en este lugar tan distinto del nuestro. Se educó junto con sus hermanos y con los niños fayu, con absoluta libertad y en pleno contacto con la naturaleza. A los diecisiete años regresó a Europa para estudiar y aprender a integrarse en la sociedad de sus orígenes. El choque fue muy duro pero consiguió adaptarse. En su primer libro la niña de la jungla deja constancia de todo este proceso. Actualmente vive cerca de Hamburgo y es madre de cuatro hijos.

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Aquí van algunos extractos que fui resaltando a medida que iba leyendo:

Acababa de cumplir siete años, tenía el pelo rubio y corto y los ojos azules, y estaba delgadísima. […] [Mis padres] habían decidido marcharse de Alemania y llevar esta vida tan poco habitual para trabajar como lingüistas y misioneros con una tribu indígena recién descubierta.

[…] De repente, vimos a varios hombres salir con cautela de la selva. Se acercaban lentamente a nosotros con un andar oscilante, sin hacer ningún ruido al caminar. […] Nunca habíamos visto a gente con un aspecto tan salvaje. Eran […] de piel oscura y pelo oscuro y rizado, y estaban completamente desnudos. […] Cada hombre llevaba un arco y una flecha en una mano y un hacha de piedra en la otra.

Entonces [papá] se volvió hacia nosotros y nos explicó que se trataba de hombres fayu del clan de los Iyarike y que no teníamos nada que temer. Simplemente sentían curiosidad porque nunca antes habían visto a niños blancos. A continuación, papá me cogió de la mano y me llevó hasta un guerrero mayor. Me puso la mano sobre la del fayu y dijo: «Este es el jefe Baou, quien nos dio permiso para vivir aquí».

[…] Allí estaba el río, brillante y fresco, que discurría a nuestro lado; las chozas de los fayu, dispersas por todas partes; la selva oscura y densa; y, por último, nuestra nueva casa. También estaban los hombres fayu, que me observaban con el mismo interés que yo sentía por ellos. […] Allí me sentí como en casa, sentí que esa era la vida para la que había nacido, una vida sin estrés en plena naturaleza, ajena a la civilización moderna, una vida con la que sigo soñando hasta el día de hoy.

Dschungelkind

Me resulta fascinante que tanto Tippi como Sabine, tras haberse criado en la selva y luego haberse mudado a «la civilización», ambas recuerden su infancia con los indígenas como momentos positivos los cuales añoran y sueñan con poder volver. Es como que las dos reconocen en cierto modo que estaban mejor y eran más felices viviendo primitivamente que con todas las conveniencias de la ciudad (pero también con todo el estrés y la contaminación lumínica, sonora, atmosférica, etc.).

También es interesante cómo tanto Tippi como Sabine consideran que son indígenas ellas mismas, en lugar de occidentales. Tippi tiene padres franceses, habla francés, tiene nacionalidad francesa y luce como una francesa y vive en Francia. Sin embargo, si le preguntas de dónde es te dirá que es africana y bosquimana, dado que fue allí donde se crió. Sabine tiene padres alemanes, habla alemán, tiene nacionalidad alemana, luce como una alemana y vive en Alemania. Sin embargo te dirá que es fayu.

Sigamos leyendo.

Mientras observaba a mi alrededor, la aldea Fayu se despertaba poco a poco. Me miraron con interés y pronto se acercaron, observando cada uno de mis movimientos. Por primera vez, vi a mujeres y niños reunidos en grupos a una distancia prudencial. Los niños estaban desnudos […]. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fueron las mujeres. […] También iban casi desnudas, salvo por una pequeña prenda hecha de corteza que les cubría la zona púbica […]. [Sus pechos] colgaban mucho, a veces hasta el ombligo. ¡Nunca había visto algo así!

[…] No recuerdo muy bien cómo transcurrió el resto del día. Solo recuerdo algunos fragmentos. Pero un recuerdo claro que se me ha quedado es el de nosotros, los niños, jugando en el río. No entendíamos por qué los niños fayu no se unían a nosotros, sino que se sentaban apoyados contra un árbol o se acurrucaban junto a sus padres, sin sonreír ni reírse nunca. Parecían asustados, pero no sabíamos de quién o de qué. Todo parecía tan tranquilo allí. Intentamos convencerlos con gestos para que se unieran a nosotros, pero huían o empezaban a gritar cuando nos acercábamos a ellos. Al final, nos dimos por vencidos y nos quedamos jugando entre nosotros.

[…] Unos días más tarde, mientras jugaba con Christian, noté a un niño. […] Supuse que tendría más o menos mi edad. […] Lo que me llamó la atención fue lo que llevaba en la mano: un arco de tamaño infantil y varias flechas. Me acerqué poco a poco a él y me sorprendió que no saliera corriendo ni se pusiera a llorar. Cuando llegué a su lado, extendí la mano con cautela hacia su arco. Para mi gran alegría, me lo entregó inmediatamente.

[…] Al cabo de un rato, intenté devolverle el arco y las flechas, pero él negó con la cabeza y me los volvió a poner en las manos. […] Mediante gestos con las manos, le dije al niño que esperara allí y corrí de vuelta a la casa, vaciando el contenido de mi mochila sobre la cama. Tenía que encontrar algo igual de maravilloso para regalárselo a cambio. Entre mis tesoros había un pequeño espejo rojo que había obtenido en la costa de Jayapura. Satisfecha con mi elección, salí corriendo y se lo entregué al chico.

La reacción que siguió nos pilló totalmente por sorpresa. Cuando se vio en el espejo, gritó y lo dejó caer. Nos reímos […]. El niño cogió el espejo y empezó a mirarse en él con cautela, con los ojos cada vez más abiertos. Movía la cabeza de un lado a otro, ponía caras y tocaba su reflejo con los dedos. […] A Christian y a mí nos divertía mucho aquel espectáculo. No podíamos imaginar cómo debía de ser ver tu propio rostro por primera vez. Pero como ver nuestro reflejo no era nada nuevo para nosotros, nuestra atención pronto se centró en actividades más interesantes, concretamente, jugar con mi nuevo arco y flecha.

Al cabo de un rato, el niño fayu se acercó de nuevo a nosotros, sosteniendo con orgullo su nuevo espejo como si fuera un trofeo. Se señaló a sí mismo y dijo: «Tuare». Yo me señalé a mí misma y dije: «Sabine». Repitió mi nombre sin ninguna dificultad. […] Tuare se convirtió en mi compañero más cercano, mi mejor amigo y mi confidente de la infancia. A día de hoy, sigue llamándome su hermana.

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Wow, qué fuerte. Dos niños de 7 años de mundos tan diferentes, interactuando entre sí y haciéndose amigos sin hablar el mismo idioma y sin compartir casi nada en común en cuanto a costumbres y conocimientos de la vida. Estaba claro que tenían mucho que aprender el uno del otro.

Enseguida nos dimos cuenta de que los niños fayu no conocían ningún juego. No nos preocupamos demasiado por el motivo y simplemente les enseñamos nuestros juegos. Todos los días íbamos a nadar con ellos y jugábamos a «cazar el cocodrilo». También les enseñamos el escondite, el fútbol y cualquier otro juego que se nos ocurriera. A cambio, ellos nos enseñaron a fabricar y utilizar arcos y flechas. Nos mostraron qué animales se podían comer y cuáles no, qué plantas eran venenosas y cuáles comestibles. También nos enseñaron a hacer fuego sin cerillas y a fabricar un cuchillo con bambú, habilidades que nos llenaban de orgullo. Tuare y los demás nos enseñaron a construir pequeñas cabañas para protegernos de las frecuentes lluvias.

[…] Con el paso del tiempo, empecé a aprender a sobrevivir en la selva, descubriendo tanto sus peligros como sus tesoros. Aprendí a respetar la selva y a dominarla en la medida de lo posible para un ser humano. Comenzó a crecer en mí el amor por la belleza y el poder de la naturaleza que me rodeaba. En las semanas y meses posteriores a nuestra llegada, me convertí en alguien como Tuare: una niña de la selva.

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Esto me recuerda a esos casos en que niños sobreviven varios días perdidos en el medio de la selva tras ser los únicos en sobrevivir un accidente. Por ejemplo, uno de los casos más recientes (2023) involucró a cuatro hermanos colombianos de 13, 9, 5 y 1 años. La avioneta en la que iban se había estrellado, matando a los tres adultos y dejando a los cuatro niños solos. La única razón por la cual sobrevivieron 40 días antes de ser rescatados, fue porque Lesly, la más grande de los cuatro, había sido criada junto al pueblo indígena Huitoto, entonces tenía conocimientos de la vida en la selva.

Me salteo una parte larga que cuenta en detalle cómo fue que la niña llegó a vivir ahí con esa tribu, la cual por cierto hasta aquel momento no había jamás tenido contacto con «el hombre blanco». La familia de Sabine eran los primeros blancos en contactarlos y vivir con ellos.

Algo interesante es que el grupo de expedición inicial —antes de que toda la familia fuese a instalarse— consistió en el papá de Sabine que hablaba inglés, un investigador estadounidense que podía traducir del inglés al indonesio, un hombre de la tribu Dani que podía traducir del indonesio al dou, y finalmente un hombre que podía traducir del dou al fayu. O sea que cada vez que el papá de Sabine necesitaba hablar con los fayu, el mensaje tenía que pasar por toda esta cadena de cuatro lenguas diferentes.

Para resumírtelo superrápido, el papá se encuentra con el líder de los fayu y le pregunta si puede venir con toda su familia a vivir con ellos por un tiempo. Le aclara que viene en paz y que se va a adaptar a su cultura y acatarse a sus reglas. El líder se lo piensa un momento y al final le responde que sí. Entonces el hombre se pone manos a la obra y empieza a construir una casa donde él y su familia pudiesen vivir.

La vida en la selva pronto se convirtió en algo habitual para nosotros. Como cualquier otra familia del mundo, desarrollamos una rutina diaria. El sol ya había salido cuando me despertaba por las mañanas. Nos vestíamos rápidamente, luego desayunábamos juntos en familia y empezaban las clases. Para mí, eso era siempre una auténtica tortura, ya que fuera de la ventana me esperaban un sinfín de aventuras. Los pájaros y el sol me llamaban y parecían decirme que saliera a jugar. Podía oír el sonido del río que discurría junto a nuestra casa y las voces cantarinas de los fayu.

[…] De pequeña, nunca entendí para qué servía ir al colegio. Esto hacía que enfrentarme a las asignaturas difíciles resultara aún más frustrante. Lo que más odiaba eran los problemas de matemáticas. «Es que no lo pillo», murmuré, enfadada una vez más.

[…] ¿Qué podría ofrecerme la escuela, al fin y al cabo? Ya sabía escalar y disparar flechas mejor que la mayoría de los niños, con la obvia excepción de mis amigos fayu. Sabía cómo sobrevivir en la selva, sabía qué animales y plantas eran comestibles y cuáles eran venenosos. ¿Por qué demonios iba a molestarme en aprender qué general luchó en qué guerra y cuánto da 12 por 6? De todos modos, mis amigos fayu solo sabían contar hasta tres. La lengua fayu solo tenía palabras para «uno», «dos» y «tres». El siguiente valor numérico se llamaba simplemente «un puñado». Dos puñados hacían diez; si añadías un pie, eran quince, y con los dos pies, veinte. Sin duda, nada más allá de eso era necesario.

[…] En cuanto terminaba las tareas del día, salía corriendo con mi arco y mis flechas. Mis pacientes amigos me esperaban para recibirme con sonrisas radiantes. Salíamos corriendo y nos dejábamos llevar por la imaginación de la infancia. El resto del día lo pasábamos jugando y explorando, olvidándonos de que existía un mundo más allá del nuestro.

[…] Aunque solo habían pasado unos meses, ya parecía como si siempre hubiéramos vivido en la selva. El tiempo pasaba volando y yo había olvidado qué día era o incluso qué mes. Mis actividades venían marcadas por la trayectoria del sol. Cuando salía el sol a las 6 de la mañana, me levantaba; cuando estaba justo encima de mí, almorzaba; y cuando se ponía a las 6 de la tarde, era hora de acostarse.

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Recuerdo cuando dormí con minorías étnicas que vivían primitivamente, también todos se levantaban con los primeros rayos de sol y se iban a dormir son los últimos. Me imagino que es lo hacía todo el mundo desde el origen de la humanidad hasta que la luz eléctrica nos permitió ignorar por completo el ciclo natural del día y la noche.

De todos los animales [en mi colección], el gato Timmy era, sin duda, mi favorito. Me lo habían regalado en Danau Bira. Timmy era un magnífico gato macho blanco y negro, convencido de su propia superioridad. Cuando lo llevamos con nosotros a Foida, los fayu se quedaron bastante desconcertados. Nunca habían visto un gato y preguntaron si era un perro o, tal vez, un jabato. Papá les dijo que no era ninguna de esas dos cosas. «Bueno, ¿y qué es entonces?», quisieron saber.

Papá no sabía cómo responder, ya que no tenían una palabra para eso, así que contestó: «Es Timmy». Así que, a partir de ese día, «Timmy» se convirtió en la palabra en fayu para «gato».

[…] Timmy se convirtió en todo un felino de la selva. Cada tarde, a las seis en punto, desaparecía en la selva para cazar. Volvía a aparecer exactamente a las cuatro de la madrugada y se quedaba junto a la puerta, suplicando que le dejaran entrar.

[…] Los dingos de caza también despertaron mi interés. Siempre me pregunté por qué nunca ladraban, sino que solo aullaban. Más tarde descubrí que en realidad no son perros, sino una especie de lobo asiático. Los fayu los trataban como si fueran sus hijos. Les dedicaban mucho tiempo y atención para adiestrarlos como perros de caza. Quien tuviera un dingo bien adiestrado, también tenía carne. A lo largo de los años intenté varias veces domesticar a un dingo para que fuera mi mascota, pero nunca lo conseguí. Eran sencillamente demasiado salvajes como para acurrucarse con ellos.

La primera vez que papá vio a una mujer fayu dando el pecho a un dingo, no daba crédito a lo que veían sus ojos. Pero con el paso del tiempo, nos acostumbramos y lo aceptamos como algo normal. Era habitual que las mujeres dieran el pecho a sus hijos y a un cachorro de dingo (¡o incluso a un lechón!) al mismo tiempo. Le aseguré a mamá que, cuando tuviera un bebé, seguro que tendría leche suficiente para dar el pecho también a un cachorro.

[…] Cuando nos despertamos, la inundación ya había desaparecido; el agua se había retirado de nuevo al río. Estaba tan emocionada que apenas podía concentrarme en los deberes. En cuanto terminamos, los tres salimos corriendo al exterior. Los niños fayu ya nos estaban esperando. El suelo estaba muy embarrado, lo que despertó nuestra imaginación. Construimos nuestro primer tobogán de la selva, que más tarde se convirtió en una de nuestras actividades favoritas. Buscamos un lugar en la orilla del río que estuviera libre de matorrales. Una vez elegido el sitio, lo limpiamos de escombros y lo alisamos con las manos hasta que formó un camino uniforme y resbaladizo. Luego tomábamos carrera, saltábamos y nos deslizábamos de espaldas por el camino hasta llegar al río. ¡Salpicón! De vez en cuando añadíamos algunas curvas, solo para que fuese más divertido.

Al principio, los fayu se limitaban a observarnos, quizá cuestionándose si estábamos en nuestros cabales. Pero al cabo de un rato, algunos de ellos lo probaron por sí mismos y pronto se corrió la voz. En poco tiempo, había colas de gente esperando su turno.

Nos lo pasamos genial. Estábamos cubiertos de barro de pies a cabeza; nuestro pelo rubio se había vuelto castaño y nuestra piel se parecía a la de los fayu. Solo nuestros ojos azules nos distinguían de los nativos.

Aunque disfrutábamos de la naturaleza y de sus innumerables entretenimientos, nos llenaba aún más de alegría ver a los niños fayu aprender a reír. Con nosotros, descubrieron la infancia que les habían arrebatado el odio, el miedo y la guerra tribal. Desde su más tierna infancia, el miedo había sido la emoción predominante de los fayu. Con el tiempo, llegamos a comprender las razones de ello.

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Te resumo lo que explica aquí. Dice que los fayu están divididos en clanes. Cuando alguien de un clan muere por alguna enfermedad (e.g. malaria), los fayu creen que en realidad ha muerto porque alguien de otro clan lo ha maldecido. Entonces buscan venganza matando a alguien de ese otro clan. Pero cuando matan a alguien de ese clan, ese clan a su vez debe buscar venganza matando a alguien del primer clan, y así sucesivamente. Es un círculo interminable de venganzas asesinas, por eso es que los fayu viven todo el tiempo ansiosos y con miedo.

Un día, mientras vivíamos en Foida, papá entró corriendo en casa con gran urgencia. «Tengo que subir río arriba inmediatamente. Hay tres niños pequeños solos en la selva». El jefe Baou había asesinado a un hombre y a su mujer, del clan Iyarike, como parte de la interminable disputa sangrienta. Mató y descuartizó a la pareja delante de sus hijos y luego dejó allí a los niños, traumatizados, junto a los cadáveres.

[…] Papá se marchó con unos hombres fayu para ir a buscar a los niños. Tras varias horas, regresaron con tres niños pequeños de entre tres y siete años. El miedo y el horror se reflejaban en sus rostros. […] Estaban completamente paralizados por la brutalidad que acababan de presenciar y se sobresaltaban ante el más mínimo ruido.

Los hombres de Iyarike convocaron una asamblea de su clan. Tras un largo debate que se prolongó hasta bien entrada la noche, tres familias adoptaron cada una a uno de los niños. […]

En un mundo lleno de tales horrores, no es de extrañar que los niños fayu solieran quedarse cerca de sus padres o sentarse con la espalda apoyada contra un árbol. Vivir en un estado de miedo constante, aunque leve, deja poco margen para los juegos y las risas. Los niños fayu no corrían por ahí jugando. Apenas conocían el amor, no conocían el perdón ni la paz, y no tenían esperanza de un futuro mejor.

Lo que Teau le había dicho a mi padre en su primer encuentro era cierto. Los fayu realmente anhelaban la paz y el fin de la matanza y la guerra, aunque siguieran participando en el ciclo de violencia. Pero, como estaban sujetos a la antigua ley de la venganza, no sabían qué más hacer. No encontraban una forma de salir de ese ciclo.

Nuestra llegada les proporcionó una vía de escape. Más importante que el hecho de que nuestra piel fuera de otro color o de que procediéramos de una «tribu» diferente era el hecho de que nos mantuviéramos al margen de su disputa sangrienta. Nuestra casa era territorio neutral. Los viajes comerciales para visitarnos ofrecían a los clanes una forma de estar presentes en el mismo territorio sin verse obligados a entrar en guerra. Con el tiempo, aprendieron a volver a hablar entre ellos. Empezaron a compartir comida e historias de caza. Pasarían muchos años antes de que se rompiera por completo el ciclo de violencia, pero ya se había dado el primer paso.

[…] Una prueba del avance hacia la paz es que, años más tarde, cuando mamá inauguró la primera escuela fayu, los niños de los distintos clanes asistían juntos a clase. Dos de sus alumnos eran Diro (uno de los niños que habían sido dejados huérfanos por el jefe Baou) e Isori, el hijo del jefe Baou. Ambos tenían la misma edad y eran muy inteligentes.

Al principio, los dos niños se odiaban. Mamá los reunía a menudo para hablar de su pasado. Gracias a su intervención, su enemistad empezó a disminuir. Con el tiempo, los dos chicos se convirtieron en amigos inseparables. Años más tarde, cuando Isori se convirtió en jefe, nombró a Diro su consejero más cercano. Su amistad sigue siendo muy fuerte hasta el día de hoy.

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A partir de varios datos socabados de distintas partes del libro, deduje una pieza de información interesante. Los datos son los siguientes:

  • Sabine nació en el año 1972.
  • Su libro se publicó a principios de 2005.
  • Cuando Sabine tenía 7 años, se hizo amiga de Teau, y dijo que él tenía la misma edad que ella.
  • Cuando Sabine tenía 10 años, nació una niña fayu llamada Doriso Bosa.
  • Sabine escribe que «hace unos años, Doriso Bosa y Tuare se casaron, y ahora tienen cuatro niños felices».

Te desafío a deducir la edad que tenían Doriso Bosa y Tuare cuando se casaron, usando solo los datos de arriba. Sí, es totalmente posible hacerlo, al menos con un intervalo de incertidumbre de ~2 años.

Te explico cómo la deduje yo.

Dice que tienen cuatro niños. Supongamos que el más pequeño tiene tan solo un año. Lo más común en las sociedades tradicionales es que esperen siempre por lo menos tres años antes de tener un nuevo hijo, cosa de poder generar la suficiente leche materna para amamantarlos a todos. Esto significa que el más joven tiene 1 año, el siguiente 4, el siguiente 7, y el más grande 10. Quiere decir que se tuvieron que haber casado por lo menos diez años antes de que Sabine hubiese escrito su libro. Si el libro se publicó a principios de 2005, quiere decir que lo escribió seguramente el año anterior (2004).

2004 – 10 = 1994. Asumiendo que Teau nació el mismo año que Sabine (1972), eso significa que en 1994 tenía 22 años. Doriso Bosa nació 10 años después que Teau y que Sabine, con lo cual tendría 12 años, justo la edad típica de la pubertad en las mujeres, momento en el cual las sociedades tradicionales como los fayu ya las consideran capaces de casarse y de tener hijos.

Extracto que da crédito a la posibilidad de que el cálculo que hice sea correcto:

El segundo jefe de los Tigre, subordinado al jefe Baou, tenía una hija encantadora llamada Fusai. Era una chica guapa, y su altura inusual se consideraba muy atractiva. Nakire se enamoró perdidamente de ella. Cada vez que papá organizaba un viaje río arriba, Nakire se emocionaba muchísimo. Quería colmar a Fusai de regalos, así que nos pedía cosas para darle: anzuelos, telas, joyas, etc. Nosotros se las dábamos encantados, ya que también era la primera vez que veíamos a un hombre fayu esforzarse por conquistar el corazón de una chica. Normalmente, a las chicas se las llevaban a la fuerza, pero al parecer Nakire era un romántico y quería ganarse su afecto. Gracias a sus esfuerzos, Nakire se ganó no solo el corazón de Fusai, sino también el de su padre. Al cabo de varios meses, el jefe de los Tigre entregó a su hija en matrimonio a Nakire. Ella tenía aproximadamente doce años, la edad en la que las chicas fayu se casan.

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Nunca menciona la edad de Nakire, pero sí dice que estuvo casado unos años antes de conocer a Fusai, hasta que su primera esposa murió de una enfermedad. Con lo cual pensaría que tendría por lo menos veintipico cuando se casó con Fusai, que tenía doce. Sabine también escribe que «Ambos tienen un matrimonio maravilloso que sigue tan vivo y sólido hoy como siempre.»

Mientras tanto en las sociedades WEIRD un matrimonio como este nunca se podría dar, dado que las chicas de doce aún son consideradas niñas inmaduras e incapaces de estar en ningún tipo de relación. ¿Acaso nunca vieron un documental o leyeron un libro de sociedades tradicionales?

Igual sí, es cierto que muchas niñas occidentales de 12 son inmaduras, pero eso no es por culpa de ellas sino porque así es como todo el mundo las trata. Si todos te dicen que eres un niño y no eres capaz de hacer cosas de adulto, ¿tú te vas a creer capaz? Mientras tanto, si todos te dicen que ya eres adulto, te dan un arco y fechas y te permiten la oportunidad de ir a cazar con los otros adultos, ¿tú te vas a creer capaz? ¿Mismo con 12 años? Es todo una cuestión de actitud y de percepción.

Habiendo llegado a exactamente la mitad del libro, pienso que es un bueno momento para poner el separador y cerrarlo hasta que vuelva de la colonia.

Continuará.