Kara Ema:
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Anna (9), una niña nacida en Francia de padres vietnamitas, interpreta Bonjour Vietnam. También cantó este tema para The Voice Kids France.
Childhood and Sexuality
Capítulo 2: Es algo natural… ¿o no?
[…] La influencia más evidente de la cultura en la sexualidad, de la que todos somos conscientes en algún momento, radica en la creación de límites morales que definen los límites del comportamiento sexual aceptable. Todas las sociedades cuentan con normas que regulan quién puede mantener relaciones sexuales con quién, cómo, cuándo y en qué contexto, pero el contenido de estas normas, el grado en que restringen al individuo y el alcance de su cumplimiento varían enormemente.
Aunque podamos ser conscientes de las normas morales que nos condicionan, solemos ser mucho menos conscientes de las muchas otras formas, más fundamentales, en las que la cultura moldea nuestra sexualidad. Casi todos los aspectos de la vida sexual implican diferentes patrones de comportamiento en las distintas culturas. En algunas sociedades, el sexo se vive principalmente como una parte rutinaria, aunque placentera, de la vida cotidiana; en otras, se suele considerar potencialmente peligroso y contaminante, y es fuente de mucha ansiedad. Las relaciones sexuales pueden considerarse principalmente como un gesto de afecto o como la culminación de una pasión violenta. Hay sociedades en las que los encuentros sexuales no implican más que breves actos de coito, y otras en las que son habituales formas más prolongadas y elaboradas de erotismo. […]
También existe una gran diversidad en lo que las personas perciben como erótico. Un gesto que en una sociedad implique interés sexual o una invitación puede que no transmita ese mensaje en otro lugar, y una actividad que contribuya a la excitación en algunos pueblos puede que otros la consideren repugnante o simplemente divertida. Podemos pensar que es «totalmente natural» que ciertas cosas «nos exciten», pero normalmente nos equivocamos.
Un ejemplo bien documentado es el beso. En las sociedades occidentales […] besarse parece indispensable; sin embargo, a escala mundial es una actividad minoritaria: la mayoría de las culturas han sabido arreglárselas sin ello. […] El antropólogo Malinowski cuenta cómo los habitantes de las islas Trobriand, al enterarse de la afición del hombre blanco por los besos, lo encontraron divertidísimo. No podían imaginar cómo alguien podía obtener placer sensual de una actividad tan poco estimulante. Su reacción fue similar a lo que nos parece a nosotros la costumbre maorí de frotarse la nariz y la propia costumbre de los trobriandeses de arrancarse las pestañas unos a otros de un mordisco. Cualquiera que haya probado estas técnicas probablemente no las habrá encontrado tan eróticas como las consideran los pueblos que las crearon.
Este ejemplo sugiere que, cuando creemos que simplemente estamos «haciendo lo que nos sale de forma natural», nuestra sensación de naturalidad no se deriva de hechos biológicos, sino de definiciones socialmente construidas de lo que es sexual. […] Dado que la sexualidad está determinada por la cultura, sus manifestaciones actuales no pueden ser ni naturales ni antinaturales. Las implicaciones que se derivan de ello pueden hacer que muchas personas se muestren reacias a renunciar a la noción de naturalidad. Esto significa que no existen normas absolutas: la naturaleza ya no puede ser la árbitra de nuestras disputas morales. Sin la naturaleza en la que apoyarnos, la moralidad debe basarse en otros criterios, y ya no es posible disfrazar los juicios de valor como afirmaciones de hecho.
Childhood and Sexuality
Capítulo 3: La naturaleza de la infancia
[…] Del mismo modo que el sexo no es meramente un producto de los impulsos naturales, la infancia tampoco es simplemente un estado natural, ya que, además de ser una etapa de desarrollo físico, es también una institución social. No se ha definido ni vivido de la misma manera en todas las sociedades ni en todas las épocas. La forma que adopta la infancia viene determinada por muchos otros aspectos de la vida social, como los medios de subsistencia disponibles en una sociedad concreta, la organización del trabajo y el ocio, y los patrones típicos de las relaciones familiares. El lugar que ocupan los niños en una sociedad, las vidas que llevan, sus relaciones con los adultos y las actitudes de estos hacia ellos forman parte, por lo tanto, de un panorama social y cultural mucho más amplio. Nuestros sentimientos hacia los niños y el sexo no son una respuesta natural hacia personas de una edad concreta, sino que son el resultado de la forma en que se define la infancia en nuestra sociedad.
[…] Las distinciones entre adultos y niños están tan marcadas que ambos parecen casi pertenecer a especies diferentes: los adultos son independientes, los niños dependientes; los adultos, productivos; los niños, improductivos; los adultos trabajan, los niños juegan; los adultos se ocupan de los asuntos serios de la vida, mientras que se supone que la infancia es «divertida». No se trata simplemente de que a los niños se les trate como personas que aún tienen que aprender las habilidades y las convenciones de la vida adulta, sino de que se les considera seres de un orden diferente, con necesidades totalmente distintas a las del resto de la comunidad.
[…] Los niños están bajo la tutela y el control de determinados adultos y, en cierta medida, deben aceptar la vida que sus «tutores» o padres les preparen. […] A los niños se les viste para complacer a los adultos, sus actividades las regulan los adultos y se espera de ellos que complazcan a los demás, que se muestren adorables y que presuman de sus logros como si fueran nuevos trucos de un perro. […] Si un niño muestra resentimiento ante un trato que la mayoría de los adultos considerarían profundamente humillante, entonces se le tacha de descarado, malhumorado o insolente.
[…] Los niños constituyen un grupo social subordinado. Son económicamente improductivos y dependientes en una sociedad que valora la productividad y la independencia; se les niega la plena ciudadanía y los derechos y responsabilidades legales propios de los adultos. Esto se justifica con el argumento de que su debilidad y vulnerabilidad, su necesidad de protección y su falta de madurez los hacen incapaces de ejercer sus derechos, asumir responsabilidades o tomar sus propias decisiones. El adulto siempre sabe más.
Por supuesto, alguien que es relativamente pequeño y débil, y que aún no ha adquirido las habilidades necesarias para sobrevivir social y económicamente, necesita la protección, el apoyo y la orientación de quienes tienen más experiencia. Pero no se anima a los niños a adquirir experiencia, a crecer, a madurar para asumir responsabilidades adultas y a adquirir derechos e independencia. Se les mantiene dependientes durante mucho más tiempo del necesario; se dedica un gran esfuerzo a mantener a los niños en un estado infantil. Al no animárseles a la independencia, siguen siendo dependientes; al no estar acostumbrados a valerse por sí mismos, siguen siendo vulnerables; al tener sus necesidades más básicas cubiertas por los adultos, a menudo son incapaces de realizar tareas sencillas que están perfectamente a su alcance. […]
La marcada distinción que establecemos entre la infancia y la edad adulta crea un abismo entre ambas que se salva gracias a esa peculiar etapa intermedia que llamamos adolescencia. Los adolescentes habitan un extraño mundo intermedio, en el que ya no son niños pero aún no son adultos, a los que se les dice que «maduren» pero a los que se les niega la oportunidad de participar en la vida adulta. Así pues, la infancia se prolonga y se espera que los jóvenes maduren y se preparen para la sociedad adulta mientras permanecen al margen de ella. La mayoría de los problemas que experimentan los adolescentes, entre los que destacan los de carácter sexual, se derivan de las incertidumbres y ambigüedades de su situación, resultado de las líneas divisorias artificiales que hemos trazado entre la infancia y la edad adulta, como demostraré en el capítulo 7.
[…] Resulta difícil definir la «verdadera naturaleza» de la infancia, ya que hay muy poco que se pueda decir al respecto que sea verdaderamente universal. Nuestros niños son asexuales, apolíticos, vulnerables, dependientes e incapaces de participar en las actividades serias de los adultos, no porque los niños sean así por naturaleza, sino porque así es como se les trata. Como he insinuado, la experiencia de la infancia en otras sociedades puede ser radicalmente diferente.
[…] Las actividades y los intereses de los niños en otras sociedades pueden contrastar marcadamente con nuestras ideas sobre lo que es natural o adecuado para ellos. Nos parecería extraño que un niño de seis o siete años estuviera preocupado por la financiación de su boda, y sin embargo esto se considera natural entre los tallensi. No cabría esperar que un niño de esta edad contribuyera de forma significativa a la supervivencia económica de la comunidad, aunque esto es habitual en muchas sociedades más sencillas. No consideraríamos que los niños de tres años sean capaces de valerse por sí mismos, pero se han dado casos en condiciones extremas, por ejemplo entre los ik, una sociedad africana a punto de desintegrarse, donde los niños que superan esta edad ya no reciben alimento ni cuidados de los adultos. En nuestra sociedad es poco habitual que los niños de cinco años sean plenamente conscientes de los aspectos relacionados con el sexo y la reproducción humanos, pero en otros lugares esto es normal.
Nuestra sociedad podría considerarse claramente atípica en algunos aspectos de su trato hacia los niños. En pocas sociedades más sencillas se mantiene a los niños tan alejados del mundo social de los adultos; rara vez tienen un abanico tan reducido de contactos con personas ajenas a su propio grupo de edad, y pocas veces dependen tanto de determinados adultos como lo hacen en la mayoría de las sociedades occidentales. No hay necesidad de contar con instalaciones educativas separadas cuando los jóvenes tienen amplias oportunidades de aprender participando en las tareas de los adultos. No hay necesidad de juguetes para desarrollar la mente y las habilidades de los bebés cuando se ven constantemente estimulados por las actividades de quienes les rodean, ni de juguetes y juegos para los niños mayores cuando se les permite disfrutar de las celebraciones y actividades de ocio de los adultos. Los niños no necesitan estar tan atados a sus padres cuando el trabajo y el ocio se organizan de forma más comunitaria y se les anima a aprender las habilidades necesarias para la independencia. Los ejemplos de otras culturas nos muestran que lo que consideramos «natural» para los niños no es en absoluto universal ni inmutable.
[…] Antiguamente, los niños y los jóvenes estaban mucho más integrados en la vida laboral y social de la comunidad en su conjunto. Su educación no se impartía en instituciones separadas, sino que se preparaban para la vida adulta participando en ella. El apprenticeship (formación de aprendices) era lo más parecido a la escolarización que la mayoría de ellos experimentaba.
[…] En muchos aspectos, parece que a los niños de la Edad Media se les trataba como adultos en miniatura. Se les vestía con ropa de adultos —según su sexo y clase social, más que según su edad— y participaban en la vida de sus mayores. No se consideraba que necesitaran un trato especial en el trabajo, el juego o la educación. Se les consideraba legalmente responsables de sus actos y estaban sujetos a las mismas sanciones que los adultos si infringían la ley. Así pues, aunque la infancia tenía sin duda un estatus social subordinado, no se consideraba un estado psicológico. Es este cambio de énfasis lo que ha marcado el surgimiento de la institución moderna de la infancia.
[Me salteo todos los detalles para que no se haga muy extenso, pero aquí la autora habla de cómo arrancó gradualmente la infancia moderna. Primero con los niños varones de la aristocracia en el siglo XVI, luego con las niñas de la aristocracia en el siglo XVII, y finalmente con los niños de los estratos sociales más bajos. Se empezó a crear ropa específica para niños, libros para niños, campos de estudio sobre niños, y las escuelas comenzaron a separar las clases por edades. En la era industrial, los niños siguieron trabajando pero ya no en la casa sino en fábricas.]
[…] En Estados Unidos, a principios de siglo más de dos millones de niños menores de quince años trabajaban a tiempo completo. En Nueva York, niños de cuatro años trabajaban dieciséis horas al día clasificando cuentas o liando puros, mientras que en las fábricas de algodón del sur, niñas de cinco años realizaban el turno de noche.
[…] Con el paso del tiempo, y con el auge del racionalismo científico en el siglo XIX, surgió la nueva disciplina de la psicología y aparecieron nuevas teorías sobre el desarrollo infantil […]. Entre sus defensores se encuentran figuras tan conocidas como Freud y Piaget. […] A pesar de todas las pruebas históricas y antropológicas que indican lo contrario, estos teóricos afirman que por fin han descubierto la verdadera naturaleza de la infancia, y sus teorías se han abierto paso en casi todas nuestras vidas a través de los consejos (a menudo contradictorios) de los «expertos» y los manuales de crianza, así como de las prácticas de los profesores y los profesionales de los servicios sociales.
[…] Todos estos cambios en las prácticas de crianza y en las imágenes de la infancia han influido en nuestras actitudes hacia los niños y el sexo, así como en nuestra percepción de la sexualidad infantil. Antes de que se considerara a los niños como seres con necesidades especiales, había pocos motivos para ocultarles el sexo, y antes de que se desarrollaran las formas modernas y privadas de vida doméstica, había pocas oportunidades para hacerlo.
[…] En una época en la que no se ocultaba a los niños la realidad del sexo, no había motivo para excluirlos de cualquier otra forma de contacto con él. Los juegos y entretenimientos rara vez se limitaban a un solo grupo de edad, y las referencias sexuales eran habituales en las canciones, chistes e historias que escuchaban los niños. Los niños que recibían educación formal se encontraban con temas sexuales de forma natural.
[…] Al principio, los cuentos de hadas no estaban destinados específicamente a los niños. […] Las versiones antiguas contenían una gran cantidad de escenas sexuales explícitas, que se han conservado en algunas de las colecciones impresas. Los padres de hoy en día se llevarían un buen susto si descubrieran que sus hijos están leyendo una edición auténtica de los cuentos de los hermanos Grimm. Tal y como se recopilaron originalmente las historias, a la Bella Durmiente no la despertó un beso, sino una violación, y el Príncipe Rana, al que se le permitió entrar en la habitación de la princesa en forma de anfibio, recuperó su forma humana desnuda a tiempo para pasar la noche en su cama.
[…] Existen algunos indicios de que la idea de que los niños son sexualmente inocentes ya existía en la Edad Moderna, aunque de una forma muy diferente a la actual. Algunos historiadores han sugerido que la razón por la que los niños de la generación de Luis XIII estaban tan habitualmente expuestos al sexo era porque se consideraba que no tenían necesidades ni sentimientos sexuales. Era aceptable hablar y bromear con los niños sobre el sexo y jugar a juegos sexuales con ellos porque eran ajenos a cualquier significado erótico, y no era necesario actuar con mayor decoro hasta que se convirtieran en adultos. Así pues, lejos de necesitar protección, se consideraba que era la propia inocencia la que los protegía de la inmoralidad.
Childhood and Sexuality
Fascinante. Muchas de las cosas que dice este libro hasta ahora ya las sabía, pero este último párrafo es información nueva para mí. Podríamos decir entonces que la sociedad actual en el fondo reconoce —a regañadientes— las necesidades y los sentimientos sexuales de los niños, y es por eso que los adultos tienen tanto miedo de que los niños descubran el sexo.
El siglo XVIII fue testigo de los inicios de la campaña contra la masturbación infantil. La Iglesia siempre había considerado esta actividad como pecaminosa en los adultos, pero se había mostrado tolerante con ella en los niños. La opinión médica la había considerado anteriormente beneficiosa con moderación, aunque perjudicial en exceso. Pero ahora el clero y los médicos se unieron para condenar la masturbación, considerándola la causa de todo tipo de males morales y físicos. A partir de entonces, había que proteger a los niños tanto de sus propios deseos como de los de los demás. […] De ahí que los victorianos combinaran un sentimentalismo enfermizo hacia los niños con castigos físicos severos por sus travesuras infantiles y una represión despiadada de cualquier comportamiento aparentemente sexual.
[…] La creencia de que los niños son asexuales es hoy en día menos habitual y el sexo en sí mismo ya no se considera tan a menudo un pecado; sin embargo, el tabú en torno a los niños y el sexo sigue estando muy arraigado y la sexualidad sigue llevando la etiqueta de «solo para adultos». Son precisamente estas actitudes, las formas en que intentamos ocultar el sexo a los niños y los efectos de este ocultamiento lo que voy a analizar a continuación.
Childhood and Sexuality
El lunes no hice mucho, aparte de leer, limpiar un poco la casa, preparar mis cosas y ver una peli alemana de 1982 llamada Sabine Kleist, 7 Jahre… (Sabine Kleist, 7 años…), acerca de una niña que escapa del orfanato y pasa un par de días en la ciudad, intentando encontrar a alguien que la quiera.
Mañana martes será mi último día completo en esta casa. El miércoles bien temprano sale mi tren rumbo al norte.
Ame,
Kato
