Kara Ema:
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Coreo de Danza Kuduro, en la academia de danza Abby Lee en Estados Unidos.
Childhood and Sexuality
Capítulo 5: ¿Son los niños sexuales?
¿Qué les estamos haciendo exactamente a los niños al mantenerlos en la ignorancia sobre el sexo? La respuesta habitual es engañosamente sencilla: estamos reprimiendo su sexualidad.
[…] Si la sexualidad no fuera más que una serie de sensaciones físicas y patrones de comportamiento, un desbordamiento de energías sexuales, entonces se podría argumentar que los niños son sexuales. Si, como he venido defendiendo, es algo más que eso, algo que debe entenderse en términos humanos y sociales, un niño que no tiene conciencia de su sexualidad solo puede describirse como potencialmente sexual, no como tal en realidad. De ello se deduce que no hay ninguna razón por la que los niños no deban ser sexuales. Su sexualidad no radica en una falta de capacidad, sino en una falta de oportunidad; su incapacidad para dar sentido al mundo en términos sexuales se deriva de la ignorancia, resultado de que se les oculte información relevante.
[…] No recuerdo cuándo me di cuenta por primera vez de que los cuerpos de los varones eran diferentes al mío, pero sí recuerdo algunos de mis pensamientos posteriores, cuando tenía unos siete u ocho años. En aquella época veía los genitales masculinos con una mezcla de fascinación y repulsión, más o menos lo mismo que habría sentido ante una deformidad física. También reflexionaba sobre la posibilidad de la masturbación masculina. Yo me masturbaba por aquel entonces y daba por hecho que los demás también lo hacían. Llegué a la conclusión, sin embargo, de que debía de ser una actividad exclusivamente femenina: a los chicos les resultaría difícil porque su «cosa» les estorbaría.
Childhood and Sexuality
Este comentario personal de la autora me resulta fascinante, dado que yo también pensaba algo parecido de pequeño. A los ~10 años ya me masturbaba, y en aquel entonces pensaba que la masturbación era algo exclusivo de los varones: las niñas no solo no lo hacían sino que no podían hacerlo. Porque claro, ¿cómo iban a poder hacerlo si no tenían un palo para apretar y estrujar? Esto es lo que pasa cuando mantenemos a los niños en la ignorancia. O mejor dicho, esto es lo mejor que puede pasar (lo peor siendo una violación).
[…] La psicóloga Leah Cahan Schaefer ha observado que los adultos tienden a sobreestimar o a subestimar las capacidades sexuales de los niños. Creo que, con frecuencia, hacemos ambas cosas. La imagen de los niños como seres inocentes y asexuales sigue muy presente, lo que da a entender que carecen de intereses y deseos sexuales y que no son capaces de asimilar conocimientos de carácter sexual. Sin embargo, las medidas que tomamos para preservar esa inocencia sugieren que existe cierta incertidumbre, que tememos que los niños no sean tan inocentes como nos gustaría.
[…] La pregunta de si los niños tienen la capacidad física para tener una vida sexual tiene una respuesta sencilla: sí la tienen. La capacidad de excitación y de alcanzar el orgasmo está presente desde el nacimiento. Si se aceptan los argumentos que he expuesto en el capítulo 4, no parece haber ninguna razón para suponer que los niños carezcan de la capacidad mental para dar sentido a la sexualidad. En otras palabras, los niños podrían ser seres sexuales si no desalentáramos el desarrollo de sus capacidades físicas y no les negáramos el acceso a la información que les permitiría comprender su propia experiencia y la de los demás en términos sexuales. Los niños a los que se les impide adquirir conciencia sexual no son seres plenamente sexuales.
[…] Así pues, los niños no son ni sexuales ni asexuales por naturaleza. Pero si estamos impidiendo que los niños desarrollen su sexualidad manteniéndolos en la ignorancia sobre el tema, no podemos dar por sentado que no les estamos causando ningún daño en el proceso. Prescindir de las ideas sobre los impulsos sexuales y la represión no significa eximirnos de culpa o responsabilidad; seguimos sin poder permitirnos ignorar los problemas de los jóvenes mientras intentan asimilar su sexualidad. Ya he señalado que, al mantener a los niños en la ignorancia sexual, podemos exponerlos al peligro y a la ansiedad. Además, hacemos que su aprendizaje sexual resulte más problemático, confuso y perturbador de lo que debería ser.
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Capítulo 6: Los niños y el aprendizaje sexual
[…] Las distinciones que establecemos entre lo masculino y lo femenino son tan marcadas como las que trazamos entre la infancia y la edad adulta.
[…] Incluso a los recién nacidos se les encasilla según su género; por ejemplo, a las niñas se las describe inmediatamente como «dulces» o «bonitas», mientras que a la mayoría de los padres les resultaría tremendamente ofensivo oír esas palabras aplicadas a su hijo varón […]. En el caso de los varones, los comentarios son diferentes: «¡Qué activo es!», «Se nota que va a ser fuerte» o «Es todo un hombrecito». Si la gente impone ideas como estas a bebés cuyo sexo ni siquiera se puede distinguir, no es de extrañar que las niñas y los niños reciban un trato muy diferente desde una edad muy temprana. Comienza a desarrollarse una profecía autocumplida: a los bebés se les trata como si ya fueran femeninos o masculinos y, así, con el paso del tiempo, se vuelven femeninos o masculinos.
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Como la profecía autocumplida de los adolescentes rebeldes: a los adolescentes se los trata como impulsivos, irresponsables, inmaduros, entonces terminan siendo todo eso. Lo mismo con los niños: son como los adultos los tratan y consideran.
Los niños crecen y adquieren las características del género que se les asigna, no las de su sexo biológico. Es muy posible que un niño se convierta en un adulto cuyo género entre en conflicto con su sexo biológico. El trabajo realizado con estos niños nos ha enseñado mucho sobre cómo se establece la identidad de género.
[…] Los estudios sobre el juego infantil muestran que los niños se interesan más por un juguete o juego concreto si consideran que es adecuado para su sexo que si lo ven como algo más propio del sexo opuesto, o como algo que pueden usar tanto los niños como las niñas. Los niños disponen de numerosas fuentes a partir de las cuales sacan conclusiones sobre lo que es femenino o masculino. Los libros, los juguetes, los programas de televisión y su experiencia del mundo de los adultos les sirven para formarse una idea de cuál es su papel adecuado. También son capaces de identificarse con adultos de su mismo sexo, y a menudo se les anima a hacerlo con frases como «igual que mamá» o «igual que papá», pronunciadas en tono de aprobación.
[…] Este es, pues, el proceso de aprendizaje de los roles de género en la infancia. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la sexualidad?
En primer lugar, estos atributos femeninos y masculinos se incorporarán más adelante en la vida a las actividades y relaciones sexuales. Dado que a los chicos se les anima a ser independientes y a ejercer su propio criterio, mientras que de las chicas se espera que sean dependientes y dóciles, no es de extrañar que sean los hombres quienes suelen tomar la iniciativa en las relaciones sexuales.
[…] Volverse femenina significa conservar ciertas cualidades infantiles, mientras que volverse masculino significa alejarse de ellas. Características que resultarían ridículas en los hombres se consideran sexualmente atractivas en las mujeres. Por ejemplo, solemos pensar que los niños son tiernos, y ellos aprenden a aprovecharse de ello para manipular a los adultos y ganar su aprobación. Sin embargo, llega un momento en que los varones descubren que se les considera demasiado mayores para este juego y que ya no les funciona, mientras que a las chicas sí les sigue funcionando: «hacerse la tierna» es una estrategia que muchas jóvenes utilizan para atraer a los hombres.
[…] A los varones rara vez se les hace sentir tan cohibidos por su aspecto. A menos que estén muy gordos o lleven ropa extraña, es poco probable que se burlen de ellos por su aspecto. Puede que se espere que vayan bien vestidos en ocasiones especiales, pero normalmente los adultos no se molestan en darle importancia a su aspecto ni les animan a preocuparse demasiado por ello. Estoy dispuesta a apostar a que pocos hombres pueden recordar, como yo y muchas otras mujeres sí podemos, exactamente qué llevaban ellos y sus amigos en las fiestas: sencillamente, no habría sido tan importante para ellos. Los chicos no tienen que sufrir todas las restricciones que se imponen a las niñas en su búsqueda de la belleza: órdenes como «siéntate derecha», «sonríe», etcétera.
[…] Las niñas están expuestas a contactos físicos más suaves, que se les presentan como muestras de cariño y afecto. Los adultos seguirán besándolas y acariciándolas mucho después de haber dejado de hacerlo con los varones. Las niñas llegan a considerar este comportamiento como una parte esencial de cualquier relación afectiva y lo esperarán en sus futuras experiencias sexuales; a los varones les llevará algún tiempo desarrollar las técnicas necesarias, ya que su falta de experiencia en la delicadeza da lugar a un estilo de expresión sexual más agresivo.
[…] Una ironía que ya he señalado es que, al intentar preservar la inocencia de los niños, podemos estar enseñándoles lo que es la culpa. […] Algunos recordamos haber sido sorprendidos mientras jugábamos a «los médicos y las enfermeras», y la reacción de sorpresa, vergüenza o enfado de los adultos que siguió a ello. En esta situación, los niños son juzgados según los valores sexuales de los adultos sin saber siquiera cuáles son. Lo único que saben es que sus acciones han sido tachadas de incorrectas o «sucias», por lo que aprenden que solo pueden repetirlas en secreto y a riesgo de ser castigados. Así, los niños pueden empezar a sentirse culpables y ansiosos ante determinadas actividades antes incluso de comprender su significado sexual. Más adelante, cuando los matices sexuales sean evidentes, esta sensación de clandestinidad puede pasar a formar parte de los sentimientos de un joven respecto a la sexualidad.
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Exacto. Y así es cómo se terminan creando las personas frígidas y que tienen vergüenza de su propio cuerpo desnudo o de expresar su sexualidad.
Una vez más se trata se una profecía autocumplida: un niño está desnudo, jugando con su propio cuerpo, cuando de repente aparece un adulto y le dice «¿Qué haces haciendo esas cosas sucias? ¿No te da vergüenza?». No, no le daba vergüenza porque para él no era nada sucio, al menos no hasta ese momento.
[…] A los niños se les enseña desde muy pequeños que hay ciertas partes del cuerpo que deben mantenerse ocultas y que mostrarlas a los demás es «de mala educación» o «sucio». Su actitud hacia sus propios genitales y sus sentimientos respecto a la modestia corporal influirán casi inevitablemente en la forma en que más adelante asuman su sexualidad. […] Las niñas y los niños suelen ver las cosas de forma diferente, ya que las niñas suelen enfrentarse a restricciones más estrictas que los varones, debido a las ideas predominantes sobre la higiene, la modestia y la sexualidad. En general, las niñas estarán menos preparadas para afrontar la realidad de la sexualidad y serán menos propensas a descubrir que sus genitales son una fuente de placer sexual.
[…] El mito de que los hombres tienen un impulso sexual más fuerte hace que, aunque la masturbación de los varones pueda considerarse lamentable, al menos se comprenda y, por lo tanto, resulte más fácil de tolerar. Pat Whiting cita la actitud típica de una madre en su estudio sobre la sexualidad femenina: «Para los varones es algo natural, no pueden evitarlo, pero no me gustaría ver a mis hijas pequeñas tocándose. ¿Qué pensaría la gente?»
Así es como muchas chicas no saben nada sobre sus órganos sexuales. Recuerdo que, cuando tenía trece años, hablaba con mis amigas sobre los problemas que planteaba el uso de tampones. Aun suponiendo que nos atreviéramos a tocarnos «ahí abajo», ¿cómo íbamos a encontrar nuestras vaginas y asegurarnos de que habíamos dado con el lugar correcto? Al menos todas sabíamos que teníamos una vagina. Ninguna de nosotras tenía la más mínima idea de que también teníamos un clítoris.
[…] Si enseñamos a los niños que es indecente mostrar la ropa interior y luego vestimos a la mitad de ellos con faldas, estamos poniendo a esa mitad en una clara desventaja. Las niñas tienen que aprender a evitar ciertas posturas y ejercicios. Se les regaña por hacer el pino y la rueda si no van vestidas adecuadamente para la gimnasia, por sentarse con las piernas cruzadas en el suelo o con las rodillas separadas, y por dejar que se les suba la falda. A muchas de las adolescentes con las que hablé les habían dado estas advertencias y les parecía que tendían a ser cada vez más estrictas a medida que se acercaban a la pubertad. Probablemente, la mayoría de las mujeres y niñas de nuestra sociedad han tenido experiencias similares.
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Esto es algo que siempre me pareció superbizarro. Los adultos parecen escandalizarse cuando una niña o una adolescente (o mismo una mujer adulta) deja ver sus bragas un público. Lo consideran «indecente» y le hacen saber de inmediato a la persona para que cambie de posición de manera tal que su ropa interior deje de ser visible. Sin embargo, luego vas a una playa y te la encuentras repleta de niñas y mujeres utilizando bañadores de dos piezas, cuya parte de abajo es prácticamente idéntica a unas bragas. O sea, ¿quién los entiende?
Las niñas también sufren mayores desventajas que los varones, ya que hay zonas más extensas de su cuerpo que están prohibidas. Al crecer en una sociedad en la que los pechos femeninos son un fetiche sexual, tarde o temprano deben aprender que también deben mantenerlos cubiertos. Por lo general, se espera que empiecen a ocultarlos mucho antes de la pubertad, cuando sus pezones aún son indistinguibles de los de los niños. Una niña me contó: «Antes vivíamos en una zona con un clima cálido y yo solía ir por ahí en bragas, sin nada más puesto. Pero solo tenía, ¿qué?, nueve o diez años, así que no importaba, aunque mi madre solía regañarme.»
Si su experiencia te parece inusual o su madre ridículamente puritana, piensa en lo que suelen llevar los niños en la playa. Incluso las niñas más pequeñas suelen ir vestidas con diminutos bikinis o bañadores de una pieza diseñados para cubrir la zona del pecho.
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El problema con viajar a Japón es que después todo en los demás países te resulta inferior. Japón tendrá muchos problemas a nivel sociocultural y político-económico, pero a nivel tecnológico, de infraestructura, de planeamiento urbano y de conveniencias de la vida diaria, no hay país que le llegue ni a los talones. Por desgracia esto es algo que no puedo parar de notar ahora que estoy viviendo en Francia tras haber vivido en Japón.
Caso puntual: los trenes. Comparado con los japoneses, los trenes franceses:
- Son más caros.
- Tienen muchos más retrasos y cancelaciones (en las últimas dos semanas me cancelaron dos trenes).
- Circulan con menor frecuencia (una o dos veces por hora en zonas suburbanas).
- El techo es más bajo (varias veces me lo he llevado puesto en la cabeza al levantarme del asiento).
- El maletero superior es más pequeño.
- Es más ruidoso (varias veces he tenido que cubrime los oídos al ingresar un tren al andén).
- No tiene asientos calefaccionados.
- No tiene asientos que se giran, permitiendo orientarlos en el mismo sentido que va el tren.
- No tiene mascotas o dibujos y decoraciones kawaii.
- Los baños dejan que desear.
- El espacio entre el andén y el tren es muy grande y muchas veces hay escaleras.
- Como normalmente no controlan el billete antes de que te subas al tren, luego pasa un controlador a molestarte mientras estás tranquilo sentado en tu asiento.
- Si estás sentado del lado de la ventanilla —como lo estoy yo ahora mientras te escribo esto—, no puedes poner las piernas derechas dado que hay una especie de escalón entre el piso y la pared que te lo impide.
Podría seguir, pero creo que ya se entiende mi punto. Y esto de los trenes es solo un ejemplo de todas las cosas que observo a diario y que son superiores en Japón. «¿Y por qué no te mudas a Japón, entonces?», te escucho preguntarme. Porque por más conveniencias que tenga —y por más bonitas que sean las japonesas—, Japón aún está lejos de ser el país perfecto.
El miércoles Charlotte me llevó a la estación de Cannes a las 6:00.
Tras cinco horas arriba de un TGV llegué a París a eso del mediodía.
La Gare de Lyon conectaba directamente con el metro. Me fui a tomar la línea 14 hasta la Gare de Saint-Lazare. Desde esta estación salen los trenes que comunican París con la región de Normandía.
A las 12:40 salió mi tren y dos horas más tarde llegué a Le Havre.
Le Havre es un municipio del noroeste de Francia situado en el departamento de Sena Marítimo, en la región de Normandía. Se encuentra en la margen derecha del estuario del Sena, a orillas del Canal de la Mancha. Su puerto es el segundo de Francia, después del de Marsella, en cuanto a tráfico total, y el primer puerto francés en cuanto a contenedores.
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Ame,
Kato
