Kara Ema:
Frase del día en ucraniano
Я буду пам’ятати цей час.
Ya budu pam’yataty tsey chas.
Yo recordaré este momento.
| я | ya | yo | pronombre personal |
| буду | budu | será | verbo auxiliar, futuro |
| пам’ятати | pam’yataty | recordar | verbo en infinitivo |
| цей | tsey | este | adjetivo demostrativo, masculino singular, acusativo |
| час | chas | tiempo, momento | sustantivo, masculino singular, acusativo |
Vídeo YouTube del día
Triana en la semifinal de La Voz Kids España 2026.
Trust Kids!
Los siguientes son extractos del extraordinario ensayo de Idzie Desmarais. Las cosas que dice esta persona son extremadamente importantes. Concuerdo tan fuertemente con ella, que algunos de los extractos que te mostraré no pude evitar resaltarlos, de lo importantes que son para el movimiento de liberación juvenil y en contra de la supremacía de los adultos.
Los niños suelen parecer la excepción. Son uno de los grupos que con mayor frecuencia se excluyen, se pasan por alto y se apartan incluso de cualquier intento de liberación. Una vez que empiezas a prestar atención a la forma en que se habla de los niños y se les trata —o vuelves a tomar conciencia de las injusticias de las que la mayoría de nosotros éramos muy conscientes cuando éramos niños—, resulta imposible ignorar el menosprecio constante, la marginación y la violencia. Los niños están oprimidos. Por eso, los siguientes pasos deben consistir en preguntarnos cómo podemos luchar contra esa opresión y replantearnos (y redescubrir) las formas en que adultos y niños pueden relacionarse entre sí y convivir de manera más respetuosa y basada en la confianza.
[…] Cuando llegué a la adolescencia, la brecha que existía entre la forma en que me trataban mis padres y la forma en que trataban a otros adolescentes que conocía se volvió imposible de ignorar. No era, ni mucho menos, la primera vez que me planteaba lo diferente que estaba siendo mi propia infancia. Después de dejar el jardín de infancia para seguir una vida de aprendizaje flexible y autodirigido fuera de la escuela (una práctica a la que a menudo se denomina «unschooling»), mi vida se desvió de la norma en muchos aspectos, pero fue en mi adolescencia cuando la diferencia que observaba en la crianza —en la confianza— se hizo especialmente patente.
Sin lugar a dudas, fue mi madre quien moldeó el entorno en el que crecí de niña, quien estableció las normas de respeto y cooperación, quien siempre me apoyó incondicionalmente en cualquier interés que tuviera y quien siempre estuvo dispuesta a ayudarme a encontrar personas y recursos útiles. Sin embargo, incluso mi padre, mucho más convencional, se acostumbró tanto con el paso de los años a una determinada forma de relacionarse con nosotros, sus hijos, que, cuando llegamos a la adolescencia, las ideas de vigilancia y control parecían ser lo más alejado de su mente.
Una lista parcial de cosas que no viví en mi adolescencia:
- Tareas escolares obligatorias o deberes
- Un toque de queda
- Límites en el uso de pantallas
- Violaciones de privacidad, como leer un diario o mensajes en línea con amigos
- Normas o castigos de cualquier tipo, en verdad
Así fue como entré poco a poco en la adolescencia (al igual que mi hermana un par de años más tarde) sin el pánico de los padres, las medidas drásticas ni la obsesión por las «malas influencias» que observaba entre otros padres en los barrios residenciales donde vivíamos. En cambio, por lo general podíamos hacer lo que quisiéramos, dentro de los límites de los recursos y el transporte disponibles, nuestras propias personalidades y nuestra propia moral.
Y, en lugar del caos que algunos podrían imaginar que se produciría, estuvimos bien. Creo que es importante recordar que el comportamiento de las personas siempre se inscribe en su propio contexto social. Las formas de ser de los adolescentes —los supuestos patrones de comportamiento inmutables que la cultura les atribuye— se dan en una sociedad en la que se les oprime, se les priva de poder, se les vigila (por parte de los padres u otros tutores, de los colegios y de la policía), se les criminaliza y se les controla. Yo diría que basar nuestra comprensión del comportamiento adolescente en una población que vive bajo opresión, aislada del resto de la sociedad en los colegios, con muy poco poder o libertad, no representa una imagen fiel de cómo son los adolescentes por naturaleza. También diría que gran parte de lo que se tilda de comportamiento «malo» no es intrínsecamente malo; simplemente resulta incómodo o peligroso para el poder.
Trust Kids!
Exacto. ¿Realmente es tan difícil de entender esto para los adultos? Solo hace falta ver lo diferentes que son los adolescentes criados en distintas culturas, o mismo los adolescentes de una misma cultura que no fueron sometidos a la escolarización tradicional y al autoritarismo parentogubernamental, como es el caso de la autora de este ensayo. Una vez que uno se da cuenta de esto, puede ver cómo la idea del adolescente rebelde, torpe e inmaduro no es más que un mito—una mentira. Si el adolescente es así, es por culpa de cómo lo trata el adulto, no por su naturaleza. Hace un tiempo escribí un ensayo sobre este tema, titulado La invención de la adolescencia.
Si el entorno moldea el comportamiento, como sin duda lo hace, entonces hay que reconocer lo diferente que es ser un adolescente en quien los adultos de su entorno confían, y hasta qué punto eso influye en las decisiones que toma, en las relaciones que mantiene con los demás, en su forma de resolver problemas y de recuperarse de los errores. Toda mi experiencia con la «ausencia de normas», combinada con la educación no escolarizada, vino acompañada de la constante incomodidad de ser testigo de cómo se trataba a otros adolescentes, de la escasa autonomía de la que disponían y de hasta qué punto su bienestar se veía afectado por ello. Desde el principio tuve claro que existía una relación directa entre el nivel de autoritarismo que experimentaban los adolescentes y las decisiones que tomaban (o que se veían obligados, por las circunstancias, a tomar). Algunos niños aprendieron que tenían que mentir y ocultar su comportamiento (a menudo autodestructivo) a los adultos por miedo a la ira, al castigo y a la violencia. Otros niños, aquellos que contaban con personas mayores en las que podían confiar, que les ayudaban a resolver problemas en lugar de castigarlos por ser humanos y cometer errores, tendían a ser mucho más abiertos y sinceros. Saber que los adultos de su entorno estaban de su lado marcaba una gran diferencia.
Una lista incompleta de cosas que sí viví cuando era adolescente:
- Mucho tiempo libre
- Ayuda con el transporte y la organización logística
- Unos padres que siempre venían a recogerme si algo salía mal, si me sentía incómoda en una situación o si necesitaba ayuda, sin hacerme preguntas de antemano y sin imponerme «consecuencias» inventadas a posteriori
- Amplio acceso a recursos, a través de Internet, la biblioteca, actividades organizadas, clases optativas y otras personas
- Alguien dispuesto a escuchar cualquier cosa que me preocupara, un apoyo que también se extendía a mis amigos
- Confianza
En los años que llevo escribiendo sobre formas más respetuosas y liberadoras de relacionarnos con los niños, me he encontrado a menudo con personas que equiparan el hecho de no intentar controlar a los niños con la negligencia, como si el hecho de que los adultos reconozcan que los niños son personas implicara necesariamente una falta de implicación. Imagino que esto se debe a que la mayoría de los adultos están acostumbrados a relacionarse con los más jóvenes exclusivamente desde una perspectiva de control y gestión, y cuando se plantean prescindir de ello, piensan que no quedaría nada. Sin embargo, reconocer que los niños merecen confianza y respeto no significa que los adultos renuncien a toda responsabilidad hacia ellos: al contrario, significa que reconocen que su responsabilidad, dada la increíble posición de poder que ostentan, es nutrir, cuidar, apoyar, facilitar y confiar en los jóvenes que forman parte de sus vidas. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero es algo que debería ser el objetivo de todas las personas, de todas las edades, cuando mantienen relaciones afectivas entre sí.
[…]
Por lo general, a los niños se les impide elegir cómo emplear su tiempo —en teoría, por su propio bien, aunque, en realidad, por el bien del capitalismo y del Estado—, ya que no se confía en que sean lo suficientemente productivos ni en que se conviertan en los trabajadores que se espera que sean; por lo tanto, esa tarea recae naturalmente en los adultos (en la mayoría de los casos, aunque no exclusivamente, en los padres y los profesores). Los niños, si se les deja a su aire, serán «perezosos» e «improductivos», «desperdiciarán» su tiempo (y, por extensión, sus vidas) en la holgazanería y la ociosidad. Creo que es crucial que todos los adultos que afirman resistirse al capitalismo y al trabajo asalariado luchen por el derecho de los niños a disponer de su propio tiempo, a descansar, a jugar, a soñar despiertos y a holgazanear. Que la «pereza» de un niño debe verse como una expresión innatamente humana de autonomía y placer en la vida, una resistencia a las exigencias que se les imponen de trabajar para otros, primero en forma de tareas escolares y más tarde en forma de trabajo asalariado.
Trust Kids!
Personalmente creo que esta también es la razón por la cual las cosas que nos dan mayor placer —como el sexo y las drogas— están tan mal vistas y tan controladas en las sociedades capitalistas. El hedonismo es enemigo número uno de la productividad, y por consiguiente del sistema capitalista, que necesita que la gente de abajo esté constantemente produciendo sin cuestionamientos, mientras los de arriba se enriquecen y practican el hedonismo que no le dejan practicar a los de abajo, incluyendo variedades ilícitas de droga y sexo.
La educación no escolarizada fue una parte tan fundamental de mi vida que me permitió pasar un tiempo infinito jugando, leyendo, escribiendo, en actividades en grupo y en soledad, en la naturaleza y acurrucada en mi habitación concentrada intensamente en un proyecto de manualidades, en la biblioteca y en casa de amigos, delante del ordenador y de excursión. Mi educación consistía, en esencia, en hacer lo que me apetecía, en lugar de pasar años sentada en un pupitre realizando tareas elegidas por figuras de autoridad; y, sin embargo, lo que viví fue, sin lugar a dudas, «educación» —aprendizaje de la vida— sin ninguna de las coacciones que se consideran necesarias para que los niños aprendan.
[…] Deseo que todas las personas a las que les importe la liberación vean a los niños como personas completas que, aunque puedan tener diferentes necesidades de cuidados y requieran distintos tipos de apoyo por parte de los adultos, no por ello son menos seres humanos completos. Junto con esto, puede surgir la comprensión de que los adultos también tienen necesidades diferentes y requieren distintos tipos de apoyo, y que el nivel de independencia del que alguien es capaz, independientemente de su edad, no debería ser motivo para concederle o negarle respeto, confianza y autonomía.
Trust Kids!
El domingo terminamos de ver la serie española que habíamos arrancado, llamada Perdiendo el juicio. También aprovechamos para hacer limpieza en la casa.
El lunes Charlotte no trabajaba, así que continuamos haciendo un poco de limpieza por la mañana.
Más tarde, cuando me fui a descansar, descubrí un vídeo de una charla TED acerca del adultismo, dada por Heather Kennedy. La charla es de hace 9 años, y por desgracia las cosas no parecerían haber mejorado mucho para los jóvenes desde entonces.
Heather define al adultismo como «la subordinación sistemática de los jóvenes, que tienen relativamente poco poder social, el acceso restringido a los bienes y servicios, y la denegación del acceso a la participación en la vida económica y política».
En un momento Heather dijo que los miembros de la audiencia seguramente pensarán «Bah… Yo no soy adultista. Yo soy bueno y trato bien a los jóvenes.», y luego les hizo hacer una especie de test para ver si eran adultistas o no. El test era el siguiente:
¿Has dicho alguna vez alguna de las siguientes frases?
- No lo entenderás hasta que seas más grande.
- Llevo haciendo esto desde antes de que tú nacieras.
- Vaya, eres muy elocuente/inteligente/fuerte para tu edad.
Y yo voy a agregar algunas más:
- Ya hablaremos cuando tengas que pagar tus propias facturas.
- Porque lo digo yo, y punto.
- Mientras vivas bajo mi techo, se hace lo que yo diga.
- Cuando seas padre/madre, lo entenderás.
- Yo sé lo que es mejor para ti.
- Esto es por tu bien.
- Los niños no se meten en conversaciones de adultos.
- Tus problemas no son problemas de verdad.
- No llores por tonterías.
- Hablas muy bien para ser tan joven.
- No pareces de tu edad.
- Esta generación vive pegada al móvil.
- Todavía no sabes lo que quieres.
- Cuando madures, te darás cuenta.
- Tengo más años que tú, así que sé lo que te digo.
Todas estas son frases edadistas y en particular adultistas—discriminan y les faltan el respeto a los jóvenes, tratándolos de inferiores e incapaces solo por tener menos edad.
Otra cosa que dice Heather y que es de suma importancia: «Los jóvenes interiorizan esta opresión. Les hace sentirse incompetentes y dudar de sus propias capacidades. Incluso puede provocar que entren en depresión.»
Cuando un niño o un joven se siente incapaz de hacer lago y te dice «no puedo porque solo soy un niño» o «porque solo tengo 11 años», lo que está haciendo es copiar las actitudes que ha interiorizado de los adultos que lo tratan de inferior. En lugar de decir «SOLO tengo 11 años», deberíamos animar a los niños a decir «YA tengo 11 años». En lugar de preguntarles «qué quieres ser cuando seas grande», como si solo importara su vida a partir de que se vuelve grande, deberíamos preguntarles, «qué quieres ser HOY». Deberíamos animarles a que prueben hacer cosas para desarrollar su potencial, en lugar de infravalorarlos, limitarlos o poner en duda sus capacidades.
Luego Heather explica ciertas cosas que uno puede hacer para evitar caer en el adultismo:
- La prueba del espejo de John Bell. Antes de decirle o hacerle algo a una persona joven, pregúntate a ti mismo lo siguiente: «¿Trataría de esta forma a un adulto?».
- Escucha a los jóvenes y vuélvete curioso por lo que hacen. Involúcrate en sus vidas.
- Promueve la participación de los jóvenes en las escuelas y las organizaciones.
Bueno, lo de «involúcrate en sus vidas» lo añadí yo, pero pienso que es básicamente lo que Heather está diciendo de forma indirecta.
El martes no tuve reunión en la escuela; ya no tendré más. En su lugar aproveché la mañana para planificar ciertas cosas en la Mac y para pasar la aspiradora por toda la casa.
A la tarde di la clase de Scratch. Les enseñé a los niños a hacer un juego de tiro, en el que controlas a una nave espacial con las teclas direccionales y lanzas misiles a los asteroides con la barra espaciadora.
Ame,
Kato

